El mundo de entreguerras
4. Los fascismos en Europa
4.1. Italia: Régimen de Mussolini
Tras la Primera Guerra Mundial Italia se vio inmersa en una crisis económica, social y política. Pese a formar parte del bando vencedor, la suya es considerada una “victoria mutilada” ya que no obtuvo las reivindicaciones territoriales que anhelaba ni el reconocimiento del resto de las potencias vencedoras (Francia e Inglaterra). El agitado clima social producto de las huelgas y de la movilización de obreros y comunistas durante el "bienio rojo" conllevó una polarización de la sociedad que concluyó con la llegada al poder de Benito Mussolini como Primer Ministro, en octubre de 1922.
Antiguo afiliado del Partido Socialista Italiano, sus ideas políticas realizaron un giro hacia la derecha, en gran parte como resultado de su defensa del nacionalismo tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1919 conformó el movimiento de los Fascios italianos de Combate y las Milicias Voluntarias para la Seguridad Nacional, también llamadas Camisas negras, que, en 1921, darían lugar al Partido Nacional Fascista. Los años 1921 y 1922 son denominados el "bienio negro", debido a la contraofensiva fascista sobre el accionar del movimiento obrero de los años previos, instalando la violencia política en las calles en especial contra los comunistas.
En octubre de 1922, Mussolini es nombrado Primer Ministro tras la marcha realizada junto a miles de Camisas Negras con el objetivo de presionar al rey Víctor Manuel II a que diera lugar a la formación de un nuevo gobierno. Dicho suceso, conocido como la “Marcha sobre Roma” dio inicio al régimen fascista en Italia, el cual se extendió hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.

Fuente: La Segunda Guerra Mundial. El preludio de la guerra,Los fascismos, Buenos Aires, Arte Gráfico Editorial Argentina, 2013.
Como hemos adelantado, el fascismo italiano implicó un rechazo de las instituciones políticas liberales, de los valores de la Ilustración, al mismo tiempo que se oponía al socialismo y el internacionalismo obrero. Por el contrario, postulaba la primacía del nacionalismo, del Estado sobre el individuo y de la superioridad del instinto por sobre la razón. En general, los historiadores coinciden en que las clases medias fueron su base social de apoyo, es decir, los sectores en los cuales calaron más profundamente las ideas fascistas (entre otras cuestiones, ante al temor que les generaba la revolución socialista y la lucha obrera, de la cual querían despegarse).
Con el fascismo en el poder, se impuso un gobierno de partido único: esto quiere decir que se eliminaron otros partidos políticos y las libertades políticas y civiles de la población se vieron cercenadas. Además de la imposibilidad de votar otras opciones políticas, tampoco había libertad de expresión: muchos opositores comunistas, socialistas, por ejemplo, fueron perseguidos, asesinados y encarcelados. Queremos destacar aquí a uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, quien sufrió numerosos años de prisión. Desde allí, a pesar de los intentos del régimen por acallar su pensamiento y la difusión del mismo, continuó una profusa labor intelectual, escribiendo numerosos artículos en lenguaje críptico (para evitar la censura), en los cuales analizaba críticamente la situación de Italia y de Europa tras las fallidas revoluciones de los años de posguerra, entre otras cuestiones.
Durante los años del fascismo, el Estado italiano intervino directamente en todos los aspectos de la sociedad: planificó la economía e impulsó el corporativismo. ¿En qué consistía este último? Era un sistema en el cual cada individuo se veía representado en el Estado de acuerdo con su rol productivo y/o profesional (obreros, universitarios, profesionales, eclesiásticos, entre otros) y no como un ciudadano que, en el marco de una democracia representativa, elige a través del voto a un presidente, diputados, senadores. Es decir, bajo el fascismo se hacía hincapié en los intereses corporativos (no individuales) los cuales eran expresados en diversos grupos económicos y “profesionales” (que, a su vez, pertenecían todos al único partido oficial). En términos institucionales esto significaba que en lugar de un parlamento con dos cámaras (como es regular en los regímenes liberales) había un Gran Consejo Fascista que no legislaba sino que más bien asentaba las decisiones de el Duce.
Mussolini fue considerado “Duce”, que significa conductor, caudillo y concentró todo el poder en su persona (si bien el rey permaneció en su cargo durante todos los años de la dictadura fascista). Se trató de un líder carismático, con una elocuencia que atraía a sus seguidores y “cautivaba” a la audiencia. En las siguientes imágenes, correspondientes a un discurso dado por Mussolini, podrán advertir el uso de gestos y movimientos corporales sumamente teatrales.

Fuente: La Segunda Guerra Mundial. El preludio de la guerra, España, Ediciones Folio, S.A., 2008
Es importante destacar que durante el régimen fascista el Estado italiano llevó adelante un programa totalitario, ¿qué quiere decir esto? Un Estado totalitario es aquel que establece un control absoluto en la sociedad, penetrando en todos los niveles de la misma: el trabajo, la vida cotidiana, el ocio, la cultura, la educación, el trabajo. De esta manera, a través de un conjunto de instituciones del partido fascista (por ejemplo, la Opera Nazionale Dopolavoro que organizaba el ocio y las actividades recreativas fuera del trabajo), se intentaba regular cada uno de los aspectos de la vida de los ciudadanos y las ciudadanas, permeándolos de las ideas y los valores del régimen.
De este modo, se aspiraba a controlar y obtener el consenso, es decir, la aprobación de la población, creando un régimen en el cual la oposición no tuviera lugar, en pos de la creación de un “hombre nuevo”, con los valores propios del fascismo.
No obstante, pese a los intentos totalitarios del régimen, la oposición al fascismo sí existió. ¿De qué manera? Principalmente, través de dos vías: por un lado, los opositores políticos (comunistas, en su mayoría) operaron de modo clandestino dentro del país, exponiéndose a la captura y juzgamiento y, por otro lado, el exilio, es decir, muchos de los que rechazaban al régimen optaron por irse del país, para proseguir su lucha contra el régimen desde el exterior.