El mundo de entreguerras
3. La gran crisis capitalista de 1930
En términos económicos, podemos decir que la entreguerras es un período de reestructuración y renovación del capitalismo. ¿Por qué? Porque en el año 1929 se produce una crisis financiera, conocida como el “crack del ‘29”, que inauguró una profunda y prolongada depresión económica cuyo impacto llevó a cuestionar al capitalismo como un sistema capaz de asegurar prosperidad. Esta Gran Depresión tuvo como epicentro a Europa y Estados Unidos, aunque se extendió e impactó a escala mundial. La única zona que salió indemne fue la Unión Soviética, pues, como veremos en el última parte de este bloque, se había embarcado en un proceso de modernización por medio de una economía planificada.
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Las causas de la crisis de 1929 y la Gran Depresión
Entre los historiadores y economistas existe un consenso de que sus causas deben rastrearse en la Primera Guerra Mundial, puesto que a partir de allí se generaron una serie de conflictos permanentes vinculados a la misma. En primer lugar, cabe recordar que la guerra requirió la movilización masiva de hombres en edad activa, lo que supuso no sólo la pérdida de mano de obra producida por las muertes, sino también debido a las dificultades de reinserción social y económica de quienes habían participado de la guerra. Esto afectó a las familias, ya que la ausencia de los padres suponía una caída económica, debido a la pérdida de los ingresos del varón y a la persistente brecha entre los salarios masculinos y femeninos. Relacionado con ello, frente a los bloqueos navales o terrestres, la reducción de alimentos había afectado el consumo de calorías en una gran parte de la población. Y, a estos problemas, tenemos que añadir que a las cifras de muertos de la Gran Guerra se sumaron los fallecidos por la epidemia de gripe (influenza A) que afectó a todo el mundo en 1918. En segundo lugar, es necesario considerar las consecuencias que tuvieron algunas de las principales cláusulas del Tratado de Versalles: el trazado de nuevas fronteras y la emergencia de nuevos Estados en el mapa europeo, que condujeron a una serie de conflictos interétnicos, y las reparaciones de guerra solicitadas a los países vencidos, en particular las demandadas para Alemania casi imposibles de pagarlas por su intransigencia. Y, en tercer lugar, la guerra provocó el desplazamiento de la hegemonía de las potencias europeas hacia Estados Unidos; concretamente, se evidenció el pasaje de Londres a Nueva York como centro financiero internacional. Entre estos factores y otros el camino hacia un equilibrio en la posguerra se vio obstaculizado.
Una de las figuras clave del período fue John Maynard Keynes. Este economista británico, que participó de las discusiones de Versalles y se retiró antes por los desacuerdos ante el tratado que se firmaría, advirtió -en un ensayo titulado Consecuencias de la paz (1919)- sobre la crisis política y financiera que podía suscitarse si no se tomaban ciertas precauciones, como la planificación de ayudas económicas para reconstruir Europa. Es decir, para Keynes, tanto la política como la economía eran imprescindibles para pasar de una economía de guerra a una economía en tiempos de paz y, para ello, era necesaria una cooperación internacional que no se llegó a consolidar.
Muchas naciones se endeudaron sin lograr una reactivación consistente de sus economías. Los saldos en la balanza comercial (indicador que mide la relación entre las exportaciones y las importaciones de un país en un determinado período) fueron enormemente negativos, y este desequilibrio quedó planteado como una cuestión fundamental a resolver en la posguerra.
Ahora bien, después de atravesar un período crítico, caracterizado por altos índices inflacionarios, la economía empezó a repuntar, sobre todo, a partir de ciertas estrategias ya aplicadas con la crisis de 1873, como el avance de los monopolios y oligopolios, la introducción de la gestión científica del trabajo, algunas políticas proteccionistas, etcétera. Particularmente, en los años ’20, Estados Unidos inició una etapa de gran crecimiento económico en la producción industrial, en especial, en la rama automotriz estimulada con la línea de montaje creada por Henry Ford. Además, en este período se instaló la venta masiva de bienes de consumo, que profundizó el otorgamiento de créditos por medio de una agresiva publicidad. Son los años de pleno auge de la radio y el cine como vehículos privilegiados para vender no solo bienes y servicios sino también el modelo de vida norteamericano a nivel local e internacional, para cuya realización era necesario el abandono de la posición aislacionista por parte de Estados Unidos.
El el auge de la industria de la construcción, otro de los pilares de la bonanza económica experimentada durante los años locos, se apreció en la construcción de rascacielos en las principales ciudades norteamericanas.

Edificio Radiator construido en 1924, combina el estilo art deco con el neogótico. El estilo art deco, si bien tiene su origen en Francia en la década de 1910, tuvo su auge en Estados Unidos entre las décadas de 1920 y 1930.
Fuente: Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/American_Radiator_Building)
Pero es importante destacar que ese frenesí por el renovado impulso industrial y comercial estuvo acompañado, por una lado, por el auge de venta de acciones que llevó a una especulación bursátil (es decir, los valores de las acciones de la bolsa aumentaron a un ritmo mayor que el valor real de las compañías) y, por el otro, por una expansión de créditos (y, por ende, de endeudamientos). Ambas circunstancias incidieron en las fluctuaciones experimentadas por una economía que, con alzas y bajas, desencadenó el crack de 1929 de la bolsa de Nueva York. Los signos de esta crisis no fueron tenidos en cuenta a excepción de algunos periodistas especializados que levantaron su voz de alarma frente los indicios de una burbuja especulativa por el incremento desmesurado de la inversión en la Bolsa. De esta manera, la atracción de capitales que producía el sector financiero y bursátil (en particular Wall Street”) produjo una caída de las inversiones en la economía real de los Estados Unidos (vinculada a la producción de bienes) y también de las inversiones norteamericanas que motorizaban la reconstrucción europea (un mercado consumidor clave para los Estados Unidos). A partir de 1928 la retracción de la demanda comenzó a mostrar señales claras. Así, la caída de los beneficios llevó a los capitalistas norteamericanos a restringir aún más las inversiones, aumentando los despidos en las fábricas, y profundizando la caída de la demanda, en una espiral negativa.
En los Estados Unidos, la especulación bursátil se dio en el marco de un sistema que estaba sumamente fragmentado: había una gran cantidad de pequeños bancos, que en su mayoría se encontraban en zonas rurales y dependían de la actividad económica local. Esta situación contribuyó a profundizar la magnitud de la crisis financiera, ya que al no poder devolver los préstamos bancarios además de pequeños ahorristas retirando masivamente sus depósitos, una gran cantidad de estos pequeños bancos quebraron.