Las organizaciones y su funcionamiento

Sitio: Campus Claves Académica
Curso: Sociología
Libro: Las organizaciones y su funcionamiento
Imprimido por: Invitado
Día: sábado, 5 de septiembre de 2026, 22:33

1. Presentación

2. Las organizaciones como relaciones sociales

¿Alguna vez pensaste en la cantidad de organizaciones de las que formás parte? Si miramos a nuestro alrededor, notaremos que vivimos rodeados de ellas: la escuela, el club, una empresa, un hospital, una iglesia o incluso un grupo de voluntariado. En todas ellas, las personas se relacionan, toman decisiones, se reparten tareas y buscan alcanzar objetivos en común, siguiendo normas formales e informales que organizan, orientan y regulan estas interacciones de manera no espontánea. Pero ¿alguna vez consideraste que, detrás de todo eso, hay un orden social que hace posible que funcionen?

Instituciones

Aunque no todas las organizaciones son iguales, la mayoría tiene algo en común: están formadas por personas que ocupan distintos lugares y cumplen diferentes roles. En la escuela, por ejemplo, no es lo mismo ser directora, docente o estudiante; en un equipo de fútbol, no es igual ser capitán que arquero suplente, y, en un trabajo, no es lo mismo ser jefe que empleado. Estas diferencias muestran que las relaciones sociales no son igualitarias: algunos ocupan lugares más importantes, toman decisiones clave y, muchas veces, obtienen mayores beneficios. Esto refleja asimetrías de poder propias de toda estructura organizacional. En este sentido, las relaciones dentro de una organización suelen tener una estructura jerárquica, donde unos ocupan posiciones de autoridad sobre otros. En las ciencias sociales, este tipo de relaciones se conoce como poder o dominación.

Ahora bien, el poder por sí solo no alcanza para que una organización funcione. También es necesario que haya cooperación, es decir, que las personas trabajen juntas, se comuniquen y coordinen sus esfuerzos para lograr metas compartidas.

En este bloque vamos a explorar cómo se combinan la jerarquía y la cooperación dentro de las organizaciones. Para eso, nos apoyaremos en las ideas de distintos autores clásicos y contemporáneos, que nos ayudarán a comprender cómo se ejerce el poder, cómo se organiza el trabajo y cómo estas estructuras influyen en la vida cotidiana de quienes forman parte de ellas y, en definitiva, en la sociedad en su conjunto.

3. Las relaciones sociales según Karl Marx: cooperación, división del trabajo, explotación y conflicto

Según el fundador del socialismo científico Karl Marx (1818-1883), todas las relaciones sociales son relaciones de producción. Esto responde a que, según el autor, lo que nos diferencia de otros seres vivos es que podemos producir aquello que necesitamos para vivir: fabricamos herramientas, cultivamos alimentos, construimos casas, inventamos tecnología. En otras palabras, transformamos la naturaleza mediante el trabajo, y esa actividad productiva constituye la base de la organización social.

Asimismo, gracias a esta capacidad de producir, los seres humanos desarrollamos la cultura y la civilización. Pero Marx aclara algo importante: ni nuestra existencia ni el modo en que la producimos es el resultado de actividades puramente individuales. Es decir, no actuamos de forma aislada, sino que existimos y producimos colectivamente, cooperando entre nosotros. Así, sostiene que nuestra existencia es el resultado de la cooperación, y que esta es la relación social básica de los seres humanos.

Ahora bien, esta cooperación no siempre fue igual a lo largo de la historia. Según Marx, la forma en que las personas trabajan en conjunto también cambia conforme se transforman las condiciones materiales y las formas de producción. En las sociedades prehistóricas, por ejemplo, la cooperación era simple y la especialización del trabajo, escasa: todos cultivaban, todos cazaban y todos recolectaban. Con el tiempo, la cooperación se complejizó, y generó una creciente especialización de tareas que estructuró nuevas formas de organización social.

Hoy, esa especialización alcanza todos los ámbitos: la producción, el comercio, la administración e incluso el conocimiento. Dentro de cada rama de la producción —y dentro de cada proceso productivo—, las tareas se reparten entre distintos puestos de trabajo, lo que Marx denominó “división técnica del trabajo”. Esto significa que cada persona se especializa en una parte del proceso: alguien diseña un producto, otra persona evalúa su rentabilidad, otros se encargan de producirlo, publicitarlo y venderlo.

Sin embargo, a lo largo de la historia, la división del trabajo no solo ha organizado la producción, sino que también ha generado (y aún genera) relaciones desiguales tanto en la distribución de las tareas como en la distribución de los productos del trabajo. En este sentido, Marx sostiene que la división del trabajo refleja las condiciones en las que el trabajo se realiza y que, cuando esas condiciones son impuestas por una parte de la sociedad sobre otra, surge una separación fundamental entre quienes realizan el trabajo físico y quienes desempeñan el trabajo intelectual. Esto quiere decir que se genera una división entre quienes participan directamente en la producción de los bienes materiales (encargados de la fabricación, elaboración o distribución de lo que la sociedad necesita) y quienes no trabajan directamente en el proceso productivo, pero lo dirigen y controlan, y se apropian total o parcialmente de sus resultados o beneficios.

Imagen que representa la división del trabajo hacia el interior de una fábrica. Imagen generada por IA mediante el uso de [ChatGPT], ([OpenAI, 2022]) con el prompt: “[representación de la división del trabajo en una fábrica]”. https://chatgpt.com/

Históricamente, y en cada modo de producción, esta división dio origen a relaciones de dominación entre clases sociales: una clase dominante, que controla el proceso de producción y transforma su poder económico en poder social y político (como los amos, los señores feudales o los burgueses), y una clase dominada, que realiza el trabajo físico y carece de control sobre los medios de producción (como los esclavos, los siervos o los proletarios).

En este contexto, Marx identifica que la división del trabajo no es un fenómeno único, sino que se manifiesta de diferentes maneras, íntimamente relacionadas entre sí, que explican cómo se organiza la producción y cómo se estructuran las relaciones sociales en cada sociedad. Estas tres formas de división del trabajo son:

Forma de división del trabajo Definición
División funcional del trabajo  Refiere a la separación de la producción en todas sus ramas y actividades.
División técnica del trabajo Consiste en la organización interna de cada proceso productivo distribuyendo las tareas necesarias para elaborar un producto. 
División social del trabajo Abarca a toda la sociedad y está determinada por las condiciones históricas. Se trata de la separación entre quienes producen materialmente la riqueza social y quienes controlan, dirigen y se apropian de sus beneficios, es decir, la distinción entre trabajo físico y trabajo intelectual.

En este sentido, Marx sostiene que, en las sociedades capitalistas modernas, la forma principal de dominación es económica. Esta dominación se expresa a través de la explotación del trabajo “libre”: las personas trabajan de manera “voluntaria” (no son esclavas), pero el resultado de su trabajo beneficia más al dueño de los medios de producción que a quien produce.

Veámoslo paso a paso: cuando un trabajador fabrica un producto o brinda un servicio, está creando valor económico que no recibe íntegramente. Solo una parte retorna a él bajo la forma de salario. Ese salario le permite cubrir sus necesidades básicas (alimentación, vivienda, transporte, etc.), pero no equivale al valor total de lo que produjo. La diferencia entre lo que el trabajador produce y lo que recibe queda en manos del empresario, quien es el propietario del proceso productivo.

El empresario puede apropiarse de ese valor porque controla los medios de producción: las fábricas, las máquinas, las herramientas, las tierras, los animales o las semillas, según el tipo de actividad. Esta situación no es una elección individual, sino el resultado histórico de cómo se ha organizado el trabajo a lo largo del tiempo.

De esta manera, la posición que cada persona ocupa en el proceso productivo (como obrero o como dueño) no depende de su voluntad, sino de condiciones heredadas del pasado y de la forma en que la sociedad se estructura económicamente.

Asimismo, la explotación de una clase sobre otra no es resultado de decisiones individuales, sino más bien es una expresión históricamente condicionada de la forma en que se estructuran las relaciones de producción en el capitalismo. Estas relaciones generan un conflicto permanente entre los intereses de quienes poseen los medios de producción (la burguesía) y quienes dependen de su trabajo para sobrevivir (el proletariado). Mientras los primeros buscan maximizar la ganancia, los segundos buscan mejorar sus condiciones de vida. Esta contradicción es estructural. De este modo, esta tensión no desaparece: la lucha es permanente y se expresa, a veces, con la fuerza de un conflicto de clases.

 Representaciones de la explotación laboral y la supervisión hacia el trabajador

En este sentido, Marx creía que, a medida que el capitalismo se expande, también lo hace la desigualdad (y, por lo tanto, la explotación): la riqueza se concentra cada vez más en manos de una minoría, mientras que aumenta la cantidad de personas sometidas a la explotación en el trabajo. Con el tiempo, este conflicto se vuelve cada vez más visible, más evidente, y las luchas, más constantes y conscientes. Marx pensaba que esta contradicción entre quienes poseen los medios de producción y quienes viven de su trabajo no podía mantenerse para siempre. Tarde o temprano, solo podría terminar en una revolución que cambiara el sistema por completo, a menos que el sistema capitalista lograra justificar y legitimar socialmente su forma de dominación.

4. Las relaciones sociales según Max Weber: comunización, socialización, lucha y asociación

Según el sociólogo y politólogo alemán Max Weber (1864-1920), el concepto fundamental de la sociología es el de relación social. Esta se define como la acción recíproca entre dos o más personas, en la cual cada una orienta su conducta teniendo en cuenta el sentido que atribuye a la acción del otro. Ese sentido puede ser el de tener, o pertenecer a, algo en común, y entonces se trata de relaciones comunitarias o de comunización, o puede ser el de compensar o unir intereses racionales y, en este caso, estamos ante una relación societaria o de socialización. Las relaciones también pueden estar basadas en el enfrentamiento. En estos casos, Weber habla de relaciones de lucha, en las cuales cada parte intenta imponer su voluntad sobre la otra. Cuando esa imposición se concreta de manera exitosa, estamos ante una relación de poder.

El poder, para Weber, es una relación social en la que una de las partes impone su voluntad sobre otras. La voluntad se puede imponer de muchas maneras, por ejemplo, quedándose con los bienes de alguien o esclavizándolo. Pero cuando la aceptación del poder toma la forma de la obediencia, es decir, que quien tiene el poder manda y los demás obedecen sin resistencia y de un modo esperado, regular y constante, estamos hablando de “dominación”. Los ejemplos de esta relación están por todos lados: en la familia, en la escuela, en el trabajo, etcétera. Pensá cuántas veces te pasa que hacés, como si fuese por voluntad propia o casi sin pensar y sin discutir, lo que alguien te dice que hagas: un adulto o un hermano o hermana mayor, un profesor o profesora, una autoridad de la escuela o de la sociedad, como la policía. Quizás no te diste cuenta, pero en cada una de esas veces participaste de una relación de dominación. 

La dominación es un fenómeno, entonces, tanto de la vida cotidiana como de la vida institucional, pero a Weber le interesa, sobre todo, la dominación que se ejerce sobre grupos grandes de personas en el ámbito de la vida institucional.

Max Weber en el ámbito público

Otro tipo de relación social que Weber define es la “asociación”, que tiene dos características principales:

a) Está limitada externamente, es decir que tiene límites que son definidos por la propia asociación. Límites, en este caso, quiere decir que la propia asociación decide quién puede pertenecer a ella y quién no. Una asociación puede ser tanto una empresa (la define como “asociación de empresa”) como el Estado (que es una asociación o, más bien, un “instituto” político). En el caso del Estado, los límites son también territoriales.

b) Está estructurada internamente para funcionar de un modo ordenado y mantener ese orden. Distingue, así, las funciones del “dirigente” y el “cuadro administrativo”.

En toda asociación, se observan relaciones de dominación. Una asociación de dominación tiene una estructura de dominación compuesta de tres niveles:

- Un dominante, que es quién dirige la asociación.

- Un cuadro administrativo o “aparato de mando”, que es el grupo de personas encargadas de hacer cumplir las órdenes provenientes de quien tiene el poder.

- Y un grupo mucho más numeroso de dominados, compuesto por el resto de los miembros de la asociación.

En las sociedades modernas, tanto en el Estado como en las organizaciones privadas, el cuadro administrativo toma la forma de una burocracia que actúa llevando adelante la administración de la asociación de acuerdo con las normas que regulan su funcionamiento. Particularmente en el Estado, sostiene Weber, la burocracia termina tomando el control del gobierno, limitando o anulando todo impulso político de cambio. Burocracia es una palabra compuesta que toma un término del francés y otro del griego antiguo: bureau, que en francés significa ‘escritorio’, ‘oficina’, ‘despacho’; y krátos, que viene del griego antiguo y significa ‘poder’, ‘fuerza’ o ‘dominación’. La burocracia, es entonces, la dominación o el gobierno de las oficinas, o de los funcionarios que trabajan en ellas.

Representación de la burocracia excesiva y la administración desproporcionada

A diferencia de otras formas administrativas del pasado, basadas en las prebendas (que eran negocios usando el cargo en beneficio propio o que se apoyaban en el vínculo personal con el dominante y sus administradores), la burocracia es una forma administrativa racional y eficiente, asentada en el cumplimiento de las funciones según las normas internas de la administración y sin otro interés para el empleado administrativo que la remuneración que recibe por su trabajo. Pero esa eficiencia, racionalidad y desinterés —que convierten a la burocracia en una maquinaria administrativa que actúa de modo automático repitiendo procedimientos sin tener en cuenta ni sus causas ni sus consecuencias—, termina resultando, a los ojos de Weber, tanto una de las virtudes que ha permitido el incesante desarrollo de las sociedades occidentales como una “petrificación mecanizada” que absorbe toda la creatividad vital de los seres humanos. Así, en Economía y sociedad escribió que “En unión con la máquina muerta [la maquinaria capitalista], la viva [la organización burocrática] trabaja en formar el molde de aquella servidumbre del futuro a la que tal vez los hombres se vean algún día obligados a someterse impotentes” (Weber, 2008, p. 115).

5. Organización y poder: disciplinamiento y control

Tanto Marx como Weber consideran que la relación entre poder y organización tiene como resultado dos facetas de una misma dinámica. Por un lado, el aumento de la eficacia, racionalidad y productividad del trabajo humano (tanto en la producción de bienes y servicios como en la administración). Por otro lado, la sujeción, cosificación y deshumanización de las personas, reducidas a convertirse en simples piezas de una gran maquinaria productiva y administrativa. En este sentido, ambos autores coinciden en que mediante la organización del trabajo humano se ejerce poder y dominación. O, dicho de otra manera, que toda organización es una forma de ejercicio del poder y la dominación.

Uno de los teóricos más importantes que estudió acerca del ejercicio del poder es el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984). Su análisis se centra en cómo las formas de ejercicio del poder han cambiado desde el inicio de la modernidad al asumir tres modalidades básicas: la soberanía, la disciplina y la regulación. Cada una expresa estrategias históricas diferentes para organizar, orientar y controlar conductas.

En este marco, el autor señala que el poder soberano es el resultado del absolutismo monárquico y alcanza su apogeo en Europa en el siglo XVI. Su lema puede definirse como el poder de dejar vivir o hacer morir. Era un poder que extraía recursos de la sociedad (bienes y personas) para sostenerse, pero no la organizaba ni la regulaba. Un poder que controlaba poco, pero que intervenía con violencia explícita cuando se sentía amenazado.

 Representación de la ejecución pública de Robert François Damiens en París en 1757

El desarrollo del capitalismo en los siglos XVII y XVIII exigió un nuevo tipo de poder, más constante, predecible y regulador. Las sociedades modernas requerían individuos dóciles, disciplinados y de conducta calculable. Este nuevo poder no dependía de un centro único, sino que se expresaba a través de múltiples dispositivos dispersos (escuela, ejército, fábrica, hospital) que moldeaban los comportamientos y organizaban la vida cotidiana.

Así como la revolución industrial trajo nuevas tecnologías de producción, surgen también nuevas “tecnologías de poder”, es decir, formas más organizadas y eficaces de controlar y dirigir a las personas. Estas tecnologías no solo ordenan los cuerpos y las conductas, sino que también producen determinados tipos de sujetos. Como plantea Foucault, el poder no actúa simplemente reprimiendo, sino configurando modos de ser y de pensar: produce sujetos capaces de reconocerse a sí mismos dentro de ciertos discursos y prácticas. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en los ejércitos, que dejaron de ser grupos desordenados de combatientes para convertirse en organizaciones disciplinadas, con jerarquías claras y movimientos ordenados para el ataque o la defensa. También lo podemos ver en la escuela, que se volvió una institución centralizada y adoptó el modelo del aula: los bancos alineados, los estudiantes en filas y el maestro que examina desde su escritorio elevado. Algo similar pasó en el taller y, más tarde, en la fábrica, donde los trabajadores se organizaban bajo una estructura jerárquica y eran constantemente observados por los capataces.

Escena escolar típica de mediados del sigo XX

Formación militar histórica del Regimiento 2° de Línea chileno durante la Guerra del Pacífico

Imagen de una fábrica durante la Revolución Industrial

En todos estos espacios aparece lo que Michel Foucault llamó “dispositivos de vigilancia y castigo”. La vigilancia busca que las personas cumplan las normas establecidas y se comporten según lo esperado. Y, en caso de que eso no suceda, intervienen los castigos o sanciones ejemplificadoras, que no pretenden dañar, sino estandarizar y normalizar las conductas, y así lograr que todos ajusten su comportamiento a la norma establecida.

En ocasiones, estos dispositivos funcionan en situaciones de encierro, donde se controlan los cuerpos y se los dispone y organiza en el espacio: para cada uno hay un lugar marcado, un modo definido de actuar y un castigo para cuando eso no se cumpla.

Es en esta época cuando instituciones como la cárcel y el hospital psiquiátrico adoptan su forma moderna, basada en el encierro y la observación constante. La cárcel va a ser el epicentro de un innovador dispositivo de vigilancia y poder: el panóptico. El panóptico es un dispositivo de vigilancia central sumamente racional: con una mínima inversión en control (un solo vigilante) se pueden mantener observados numerosos detenidos. Y no solo vigilarlos, también disciplinarlos. El encierro estaba asociado a algún tipo de tarea metódica y rutinaria que se debía hacer bajo amenaza de castigo. La rutina, la disciplina y el trabajo eran considerados los remedios para las enfermedades morales que llevaban al delito: la vagancia, la autonomía y la pobreza.

El mismo caso aplica a los manicomios en particular, pero también a los hospitales en general. Anteriormente, los hospitales servían como depósitos para aislar de la sociedad a las personas consideradas enfermas, peligrosas o “indeseables”. Con el tiempo, esos espacios se van transformando en lugares de observación y experimentación de los casos patológicos, y dan lugar a la producción de nuevos conocimientos y saberes. Así, nacen nuevos dispositivos de saber-poder: la medicina moderna y la psiquiatría. De este modo, el poder (el que decide quién manda, qué se hace, quién entra) genera las condiciones para que surja un nuevo conocimiento, y este, a su vez, refuerza el poder, ya que ofrece nuevas formas de controlar, diagnosticar y “normalizar” a las personas. En este sentido, Foucault sostiene que las ciencias modernas son “disciplinas” porque disciplinan cuerpos y conductas al mismo tiempo que generan conocimiento. Así, el poder ofrece la cura y, para quienes no la aceptan, solo resta el abandono. El lema de estas nuevas “tecnologías de poder” es, dice Foucault, “hacer vivir y dejar morir”.

Representaciones del panóptico, diseño arquitectónico carcelario como estructura de vigilancia

Posteriormente, a mediados de los siglos XVIII y XIX, surge una nueva forma de poder centrada en lo que Foucault denomina el “cuerpo-especie”, es decir, en el cuerpo humano entendido como parte de los procesos biológicos de la población. Ya no se trata de controlar el cuerpo de cada individuo (como ocurría en instituciones disciplinarias como la escuela, la fábrica o la cárcel), sino de administrar la vida colectiva: cuántas personas nacen, cuántas mueren, cómo se alimentan, si están sanas o enfermas, cuánto viven, entre otros aspectos. Este tipo de poder busca regular los procesos generales de salud y enfermedad, enfrentar epidemias, controlar la sexualidad y subordinar lo moral a lo sanitario. En otras palabras, se trata de organizar lo social a partir de lo biológico, lo que da origen a lo que Foucault llama una biopolítica. Antes, las disciplinas modernas (como la medicina o la psiquiatría) habían desarrollado una anatomopolítica, orientada al control y la domesticación de los cuerpos individuales. La biopolítica, en cambio, se enfoca en la población como conjunto y busca gestionar la vida de la especie humana. Ambas formas de poder (la anatomopolítica y la biopolítica) se complementan y conforman lo que Foucault denomina biopoder: el poder que se ejerce sobre la vida, tanto en su dimensión individual como colectiva.

El filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1996) retoma esta historización del poder que hace Foucault para definir a las sociedades modernas como “sociedades de control”. Según el autor, en nuestras sociedades el poder ya no busca disciplinar o regular a las personas mediante reglas estrictas o espacios cerrados como sucedía antes en la escuela, la fábrica o el ejército. Ahora el poder actúa de otra manera: controla la vida, los movimientos y las capacidades de las personas, pero desde afuera, sin necesidad de encierros o normas visibles. Este control se ejerce al “aire libre”, a través de mecanismos más sutiles, que se adaptan a los cambios constantes de la sociedad. De este modo, parece que gozamos de libertad individual, pero en realidad se controlan los flujos de información que producimos con nuestras acciones supuestamente “libres”: lo que buscamos, compramos, compartimos o hacemos en la vida cotidiana. En este nuevo contexto, la vida es configurada como un continuo fluir en el tiempo y en el espacio. Las instituciones tradicionales —como la familia, la escuela o el trabajo— ya no tienen los mismos límites y estructuras que antes. Por eso se habla de una “crisis” de esas instituciones: no porque desaparezcan, sino porque están transformándose, adaptándose a nuevas formas de control más flexibles, pero también más difíciles de percibir.

En este sentido, la escolarización ya no tiene un principio y un final claros que ubiquen a las personas en categorías sociales definitivas. Puede empezar casi con el nacimiento y continuar hasta los estudios de posgrado durante toda la adultez. En casi todas las profesiones se está obligado a hacer cursos de perfeccionamiento o capacitación para mantenerse actualizado y conservar el empleo o aspirar a uno mejor. El home office ha borrado la separación entre la vida cotidiana y la institucional, ambas son parte ahora del mismo continuum, no limitado por momentos ni lugares específicos. Las nuevas conformaciones familiares han disuelto los límites de la familia clásica occidental, los institutos de salud mental están abandonando paulatinamente las prácticas de encierro, lo que diluye los límites entre la internación y la externación. Hasta la institución disciplinaria por excelencia, la cárcel, admite nuevas formas ambiguas, como la prisión domiciliaria con dispositivos electrónicos de control. Pero todo esto es consecuencia de una ampliación de las capacidades de control social, de manejo y administración de la información.

Persona trabajando en su hogar

Nuestros consumos, nuestros datos, nuestras publicaciones o acciones en las redes, nuestros movimientos en las calles son registrados, almacenados y controlados de modo continuo y constante por algoritmos, aplicaciones y cámaras de vigilancia, seguridad o control del tráfico. Los dispositivos de ubicación en los celulares, las tarjetas o aplicaciones de pago del transporte público o los medios de pago automático en las autopistas registran nuestros movimientos en tiempo real, nuestros recorridos, nuestros puntos de partida, de tránsito y de llegada. Los ejemplos se acumulan.

Paradójicamente, la sociedad del control es una sociedad a la vez abierta y persecutoria. Tenemos múltiples y libres accesos digitales a ámbitos institucionales, agencias oficiales, plataformas de juegos o esparcimientos, sitios de compras o ventas, y podemos movernos libremente entre todas ellas, pero cada una nos pide un examen de identidad, un usuario y una contraseña, es decir, una identificación. En este sentido, somos nuestro usuario y contraseña, y así quedamos registrados y señalados, esto eso, controlados. Nos movemos libremente dejando en todos lados nuestras huellas digitales, que nos identifican, nos hacen visibles y manipulables. Esa es la forma del nuevo control. Cuanto más dinámica y desestructurada es nuestra vida, menos anónima y privada. La organización moderna expresa plenamente esta lógica. Ya no se imponen actividades y salarios iguales discriminados por categorías normativamente definidas, sino que se premia el logro, la disposición al trabajo y al sacrificio personal por la empresa. De este modo, se estimula el individualismo y la competencia entre los empleados. La orientación al logro se define por proyectos limitados en el tiempo y dependientes de la iniciativa personal de los trabajadores. La administración se vuelve así descentralizada y el control organizacional se convierte en autocontrol individual. Ya no importan las personas y sus capacidades, sino los proyectos y sus objetivos.

Identidades digitales en una red social

El control hacia adentro se impone mediante el estímulo de la competencia individual y, hacia afuera, mediante estrategias de marketing que estimulan, orientan y controlan así el consumo. Ya no se trata de disciplinar los cuerpos encerrados ni de regular la vida administrada, sino de controlar y de manipular el flujo de la información sobre las acciones, ideas y sentimientos de los individuos. La nueva tecnología de poder es el algoritmo. Deleuze no lo dice en estos términos, pero podríamos estar pasando de la época del biopoder a la del infopoder.

En definitiva, desde las disciplinas analizadas por Foucault hasta las sociedades de control descritas por Deleuze, el poder se revela como una fuerza cambiante, que se adapta a las transformaciones históricas y tecnológicas de cada época. Ya no se limita a encerrar o vigilar, sino que se integra en las dinámicas mismas de la vida social, y regula comportamientos, decisiones y relaciones. Este proceso de reconfiguración del poder no solo afecta a la sociedad en su conjunto, sino también a las organizaciones, que reproducen y transforman esas mismas lógicas. A continuación, veremos cómo se ejerce específicamente el poder en las organizaciones modernas. 

6. Poder organizacional

El poder organizacional presenta varias de las características que los teóricos mencionados han señalado. Sin embargo, el sociólogo y politólogo francés Michel Crozier propone analizarlo desde una perspectiva centrada en los actores identificando cuatro fuentes específicas de poder que surgen de sus posiciones y estrategias dentro de la organización.

Fuente de poder ¿En qué consiste? ¿Cómo se ejerce? Ejemplo
Saber experto (pericia) Surge de poseer conocimientos técnicos o competencias especializadas que son difíciles de reemplazar. Quien domina un conocimiento valioso puede influir en decisiones y negociar con superiores y compañeros, ya que la organización depende de su experiencia. Un técnico especializado que solo él sabe reparar una máquina; un gerente con conocimientos estratégicos; un especialista en sistemas.
Incertidumbres en las relaciones con el entorno Se basa en controlar las incertidumbres que provienen del entorno de la organización (clientes, proveedores, sindicatos, mercados, etc.). Las personas que manejan vínculos clave con actores externos aumentan su poder porque pueden reducir riesgos o facilitar el funcionamiento de la organización. Un vendedor con una cartera importante de clientes; un líder sindical capaz de promover o frenar conflictos laborales.
Control de la información Proviene del manejo de la información que circula dentro de la organización. Quien controla qué información circula, cuándo y hacia quién puede influir en las decisiones, orientar acciones o fortalecer su posición. Un empleado que administra información clave para la toma de decisiones; un secretario que filtra comunicaciones entre distintos niveles jerárquicos.
Utilización de las reglas organizativas Se relaciona con la capacidad de interpretar, aplicar o negociar las normas y procedimientos internos. Las reglas buscan reducir la incertidumbre, pero nunca contemplan todas las situaciones. Esto genera espacios de negociación tanto para directivos como para empleados, que pueden interpretar o flexibilizar su aplicación. Un jefe que aplica ciertas normas con mayor flexibilidad para obtener cooperación de su equipo; un trabajador que invoca el reglamento para evitar una sanción arbitraria.

Las cuatro fuentes muestran que el poder en una organización no depende únicamente del cargo o la jerarquía formal. También surge del conocimiento especializado, del control de las relaciones con el entorno, del manejo de la información y de la capacidad de interpretar o negociar las reglas. Por eso, junto al organigrama oficial, existe una estructura informal de poder paralela que influye permanentemente en el funcionamiento de la organización. La identificación de esta estructura informal permite delimitar la magnitud y el alcance de la autoridad oficial que el organigrama confiere y apreciar el margen de maniobra real del que disponen los diferentes actores en sus respectivas negociaciones.

Interacción informal en una organización

En resumen, toda organización combina su estructura formal (normas, roles y jerarquías) con una estructura informal basada en negociaciones, estrategias y juegos de poder. Esta estructura de poder constituye el verdadero organigrama de la organización, que completa, corrige e incluso anula las prescripciones formales. De hecho, las estrategias de unos y otros se orientan y se forman partiendo de ella. Esta perspectiva nos permite comprender que las organizaciones, aunque tengan estructuras formales y normas establecidas, siempre funcionan también a través de relaciones y dinámicas de poder informal, que se negocian constantemente.

7. Estado y organización: relaciones y conflictos

Si trasladamos la idea del poder informal negociable en las organizaciones a una escala más amplia, es posible observar que algunas organizaciones adquieren una capacidad de influencia que trasciende las fronteras nacionales. Al respecto, el teórico organizacional británico-canadiense Gareth Morgan sostiene que ciertas grandes corporaciones multinacionales ocupan una posición de gran relevancia en la economía mundial. En algunos casos, sus ventas anuales superan el Producto Bruto Interno (PBI) de numerosos países, lo que les otorga una importante capacidad para incidir no solo en la economía, sino también, en determinadas circunstancias, en la política internacional. Desde esta perspectiva, Morgan plantea que estas corporaciones pueden llegar a desempeñar un papel comparable, en algunos aspectos, al de "Estados soberanos", poniendo de manifiesto que el poder organizacional puede alcanzar una proyección de escala global.

Muchas de estas organizaciones modernas son más grandes y poderosas que varias naciones; pero, a diferencia de estas, las organizaciones pueden utilizar su poder de modo más discrecional, sin enfrentarse a conflictos políticos internos ni a los controles de otros poderes, como ocurre en los Estados democráticos. Asimismo, las empresas multinacionales suelen organizarse mediante estructuras altamente centralizadas, en las que las decisiones estratégicas son adoptadas por la casa matriz y luego implementadas por sus subsidiarias filiales en distintos países. En este marco, los directivos de las subsidiarias suelen contar con escaso margen para intervenir en las decisiones centrales, ya que su función principal consiste en aplicar los lineamientos definidos por la organización. 

La creciente capacidad económica de las grandes corporaciones les permite, además, establecer relaciones de influencia en la esfera política. Su participación en sectores estratégicos de la economía, la magnitud de sus inversiones y su capacidad para movilizar recursos les otorgan un importante poder de negociación frente a los gobiernos. Como consecuencia, estas organizaciones pueden procurar que determinadas regulaciones, políticas públicas o decisiones estatales resulten compatibles con sus intereses económicos, generando relaciones de cooperación, negociación o conflicto según las circunstancias.


Las grandes organizaciones multinacionales influyen en el entorno económico y político global

Desde esta perspectiva, las grandes corporaciones multinacionales constituyen uno de los actores con mayor capacidad de influencia en la economía mundial, aunque sin asumir las responsabilidades políticas propias de los Estados. Precisamente por no depender de procesos electorales ni de mecanismos de representación democrática, estas organizaciones pueden orientar sus estrategias exclusivamente hacia la defensa de sus intereses empresariales. En determinadas circunstancias, ello puede generar tensiones con las prioridades de los gobiernos o con otros intereses públicos que los Estados procuran resguardar.

La expansión de las empresas multinacionales refleja así, una creciente tensión entre el poder de los Estados y el de las grandes corporaciones. Asimismo, el poder de estas organizaciones también se ve favorecido por los vínculos económicos y financieros que mantienen entre sí, incluidos aquellos derivados de estructuras de propiedad compartida o de la participación de grandes fondos de inversión. De este modo, estas dinámicas pueden contribuir a una mayor concentración del poder económico y reducir, en alguna medida y dependiendo del contexto, el margen de autonomía de los gobiernos para definir determinadas políticas públicas. De esta manera las multinacionales adquieren una capacidad de influencia económica y política que, en ciertas circunstancias, puede entrar en conflicto con los objetivos y prioridades de los Estados o con otros intereses sociales.

8. El ejercicio del poder de las organizaciones multinacionales

Las tensiones entre las grandes corporaciones y los Estados adquieren características particulares cuando se analizan las formas concretas en que las empresas multinacionales ejercen su influencia. Esta capacidad de acción resulta especialmente visible en aquellos países cuya economía depende en mayor medida de la inversión extranjera o de la presencia de estas organizaciones.

En estos contextos, las empresas multinacionales no solo participan de la actividad económica, sino que también pueden influir, en distinta medida, en las instituciones y decisiones políticas. Su capacidad de negociación con los gobiernos les permite procurar marcos regulatorios, políticas públicas o condiciones de inversión favorables para el desarrollo de sus estrategias empresariales. De este modo, se convierten en actores relevantes dentro de la dinámica económica, política y social de numerosos países, con capacidad para orientar el aprovechamiento de los recursos locales de acuerdo con sus objetivos corporativos.

Aunque las empresas multinacionales suelen presentarse, en sus propios discursos, como agentes de desarrollo capaces de aportar inversiones, empleo, tecnología y conocimiento, diversos estudios señalan que sus actividades también pueden generar efectos económicos, sociales y políticos que, en determinados contextos, limitan o dificultan los procesos de desarrollo de los países receptores. El impacto de estas organizaciones depende, en gran medida, de las características institucionales de cada Estado, del marco regulatorio vigente y de la capacidad de los gobiernos para establecer condiciones que resguarden el interés público.

Con el propósito de proteger sus inversiones y garantizar condiciones favorables para sus actividades, las multinacionales pueden desarrollar distintas estrategias de incidencia sobre los procesos de decisión pública. Entre ellas se encuentran la representación de intereses ante los gobiernos, la participación en ámbitos de negociación con funcionarios, la promoción de determinados marcos regulatorios y otras formas de influencia orientadas a favorecer sus objetivos empresariales. En algunos casos, también pueden establecer acuerdos con los gobiernos de turno destinados a asegurar estabilidad jurídica, beneficios fiscales, garantías de rentabilidad o regímenes especiales de inversión, siempre dentro de las condiciones políticas e institucionales propias de cada país.

Representación de las principales organizaciones multinacionales y su extensa red de conexiones

Asimismo, estas organizaciones pueden procurar influir en el entorno político y social de manera indirecta, mediante la promoción de determinadas ideas, el respaldo a actores o sectores afines a sus intereses o el impulso de cambios institucionales que favorezcan sus estrategias de largo plazo. Estas formas de incidencia suelen desarrollarse con escasa visibilidad pública y constituyen mecanismos complementarios a su capacidad de influencia económica.

El alcance internacional de las multinacionales también se manifiesta en la relación que mantienen con los Estados donde tienen su casa matriz. En numerosas oportunidades, los gobiernos de los países centrales incorporan entre sus prioridades la protección de los intereses de sus empresas en el exterior, promoviendo acuerdos comerciales, respaldando inversiones o interviniendo diplomáticamente cuando consideran que esos intereses pueden verse afectados. De este modo, el poder de las multinacionales se proyecta más allá de las fronteras nacionales y adquiere una dimensión internacional.

En síntesis, las empresas multinacionales se han consolidado como actores centrales de la economía global contemporánea. Su capacidad para movilizar recursos, influir en decisiones económicas y políticas y actuar simultáneamente en múltiples países les otorga una posición de gran relevancia en las relaciones internacionales. Si bien su presencia puede generar importantes oportunidades de inversión, innovación y crecimiento, también plantea desafíos para la autonomía de los Estados, la regulación de los mercados y la protección de los intereses públicos, especialmente en aquellos países con menor capacidad de negociación frente a estas grandes organizaciones.

9. Repasando

En este bloque revisamos las nociones de cooperación, división del trabajo, explotación y conflicto de clases de Marx. Siguiendo a Weber, hemos trabajado sobre los tipos de relaciones sociales, el poder, la dominación, la asociación y la burocracia. También analizamos el concepto de poder en Foucault y sus formas históricas como poder soberano, disciplinario y regulativo. Con Deleuze pensamos las formas actuales de la sociedad de control.

Hacia el final, estudiamos las cuatro fuentes del poder organizacional propuestas por Crozier y exploramos las relaciones conflictivas entre el Estado y las organizaciones, especialmente el poder económico y político que ejercen actualmente las grandes corporaciones multinacionales.

10. Autoevaluación

11. Bibliografía

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12. Encuesta de satisfacción