La Revolución Industrial: 1750-1830
| Sitio: | Campus Claves Académica |
| Curso: | De la Revolución Industrial a la etapa imperialista - Enlace UBA |
| Libro: | La Revolución Industrial: 1750-1830 |
| Imprimido por: | Invitado |
| Día: | domingo, 15 de febrero de 2026, 06:26 |
1. Presentación
2. Introducción
Abordar un tema como el de la industrialización a escala global con el objetivo de comprender el desarrollo, expansión y consolidación del mundo capitalista no es tarea fácil. Si bien nadie duda en que sus resultados fueron revolucionarios, pues se vieron transformadas las relaciones sociales de producción y, por lo tanto, la vida de los hombres y de las mujeres, lo cierto es que no hay una única visión que explique este complejo proceso. Por solo dar algunos ejemplos, que luego serán retomados, hay autores que enfatizan el carácter dramático, acelerado y revolucionario de este proceso y otros que, por el contrario, sostienen que los cambios fueron graduales, de larga duración y menos conmovedores. Otro eje de análisis que ofrece distintas interpretaciones radica en el papel más o menos relevante otorgado a la tecnología al momento de explicar la transición hacia el capitalismo. Asimismo, podría agregarse que las diferentes visiones sobre este tema se advierten también cuando son analizadas sus consecuencias. Como se verá, según se focalice en determinadas variables (cuantitativas y cualitativas) y las relaciones establecidas entre ellas, existen visiones “optimistas” y “pesimistas” en torno a la llamada Revolución Industrial.
Para ingresar a este complejo proceso de transformación y a algunos de sus diferentes aproximaciones es importante preguntarse: ¿cuáles fueron los principales cambios en los procesos de producción y las formas de trabajo?, ¿cómo se vieron afectados los sectores más desfavorecidos de la sociedad por a las transformaciones?, ¿por qué el foco de la Revolución Industrial fue en Inglaterra? Para ir respondiendo algunos de estos interrogantes, en primer lugar, se revisarán muy sintéticamente algunos aspectos de la sociedad pre-industrial en la etapa previa al desarrollo del primer proceso de industrialización. Luego, en segundo lugar, se analizará el proceso de industrialización, prestando atención tanto a los cambios como a las continuidades que darán paso al sistema capitalista.
¡Comencemos!
3. La sociedad preindustrial de Europa occidental. Del siglo XI al siglo XVIII
¿Cómo se caracterizaba el mundo preindustrial?
Sin dudas, la Europa previa al proceso de industrialización era muy diferente a la de hoy. En términos muy generales, es importante considerar que la amplia mayoría de la población europea residía en el campo y dependía mayormente de las cosechas para su subsistencia.
Durante el desarrollo del sistema feudal e, incluso, en la etapa de transición hacia el capitalismo, la característica fundamental era el ejercicio de la dominación extraeconómica por parte de la nobleza feudal hacia los campesinos, quienes eran obligados a pagar un tributo (no sin tensiones o resistencias) a cambio de la posesión de las tierras y protección.
En este marco, también debe señalarse que se había desarrollado un sistema urbano mercantil vinculado el trabajo artesanal desarrollado en los enclaves pre-urbanos y con la producción extensiva del sistema feudal (circulación del excedente agrario).
La actividad artesanal, ocupada de la elaboración de bienes manufacturados, se realizaba en talleres. Estos se organizaban en una estructura jerárquica de roles (aprendiz, oficial y maestro artesano) y funcionaban bajo el sistema de los gremios medievales, un régimen corporativo que establecía reglas y pautas estrictas para la producción, la compra de materias primas y su comercialización. La producción se basaba, sobre todo, en la demanda de bienes suntuarios, como la elaboración de paños de lujo, consumidos por la aristocracia.
En relación con estas actividades debe destacarse la figura del mercader. Era un intermediario en las transacciones comerciales que conectaban focos de producción y consumo. Además, promovía la actividad mercantil por medio de la acción de los precios diferenciales entre la compra y venta de diversos productos. Estos mecanismos, posibilitaron a su vez la emergencia del capital comercial en el seno del feudalismo.
A continuación, te proponemos ver imágenes que representan ferias, mercados y distintos tipos de producción artesanal en Europa.
Estas son algunas de las características generales y mínimas que debemos conocer del sistema feudal y de la transición hacia el capitalismo para poder comprender el proceso de la Revolución Industrial.
4. Hacia el capitalismo industrial
¿A partir de cuándo podemos hablar de un capitalismo industrial?, ¿la denominada Revolución Industrial fue un cambio abrupto o implicó avances paulatinos?, ¿cómo lo aborda la historia?
Ciertamente, los procesos revolucionarios que dan origen a nuevas formas de organizar la sociedad no pueden estar circunscritos a un año o un período muy acotado de tiempo, ya que comprenden cambios paulatinos visibles en el largo plazo. No obstante, existe un consenso entre los historiadores en situar dos fases de la Revolución Industrial.
La primera fase, en torno a 1760/1780, se caracteriza por la emergencia de la industria textil y metalúrgica, un acelerado incremento de la producción y los cambios sufridos en la organización social del trabajo.
La segunda fase, entre 1800 y 1830/1850 aproximadamente, se condensa en la imagen de Inglaterra como “el taller del mundo”. En este período se producen importantes innovaciones tecnológicas, se usa el vapor como fuente de energía principal y se extiende la red de ferrocarriles. En la ciudad de Mánchester comienza a desarrollarse el sistema de fábricas, con un cambio fundamental en la forma de organización del trabajo en las que hombres y mujeres se concentran en un mismo espacio para desarrollar las tareas asignadas bajo una férrea disciplina y vigilancia.
Existen diferentes visiones que explican estas transformaciones. Por un lado, historiadores como Eric Hobsbawm colocan el énfasis en los cambios radicales de las formas y métodos de producción, en la idea de una transformación radical y profunda. Por otro lado, la perspectiva de la Nueva Historia Económica con un abordaje local y regional dentro de un contexto nacional observa, especialmente, continuidades en base a la revisión de métodos estadísticos. Concretamente, a partir de nuevas estimaciones sobre la tasa de crecimiento económico (crecimiento sostenido del producto nacional bruto) sostiene que el avance de la productividad (medida de acuerdo a la relación entre el aprovechamiento de los factores de producción utilizados -tierra, trabajo y capital- y lo obtenido tras el proceso de producción) estuvo confinada a una parte pequeña de la economía, pues aún era predominante la industria rural a domicilio. Para economistas, como Nicholas P. Crafts, el crecimiento fue lento y se limitó a los sectores asociados a la industria que convivían con viejas formas de organización del trabajo.
Asimismo, sin desconocer las continuidades, autores liberales como David Landes –tributario del reconocido economista Adam Smith-, sostienen que sí se produjo una revolución industrial, pero como consecuencia de otro factor determinante para el desarrollo económico: la cultura que poseía Europa Occidental. Desde una visión eurocéntrica, basada en una concepción lineal que responde al ideal de la competencia como motor del “progreso”, este autor, a diferencia de los enfoques mencionados, otorga una gran importancia a los avances tecnológicos vinculados al singular desarrollo cultural y científico de la Europa Occidental.
Por último, cabe señalar que, en los últimos tiempos, se ha desarrollado un enfoque global, cuya propuesta central es trazar una historia conectada que pone el foco en la transición hacia el capitalismo a partir de la observación y análisis de los movimientos y transformaciones que involucran a Europa, África, Asia y América. Esta mirada amplia, como se verá, busca comprender la consolidación de una red global que articuló una secuencia de procesos de producción agrícolas, comerciales e industriales. A su vez, esta visión global enfatiza el enfrentamiento entre diversas potencias europeas durante gran parte del siglo XVIII por el dominio comercial marítimo, cuyo resultado fue el fortalecimiento de Gran Bretaña respecto del control marítimo en las “redes comerciales globales". En correspondencia con estas visiones, que amplifican el juego de escalas y enfatizan las expropiaciones y las resistencias, se aborda también el proceso de colonización que incluye la trata esclavista como un factor fundamental para comprender los cambios profundos que dieron paso al capitalismo.
Luego de contemplar distintas interpretaciones sobre el camino hacia la industrialización retomaremos algunos interrogantes básicos: ¿dónde se produjo la denominada Revolución Industrial? ¿Qué tipo de industria fue la pionera? Para responder estas preguntas, debemos colocar la mirada en la ciudad de Mánchester, Inglaterra, y en una rama en particular: la industria textil.
5. ¿Por qué Inglaterra?
¿Por qué Inglaterra fue la nación pionera en el camino a la industrialización? ¿Qué factores permiten dar cuenta de dicho proceso?
Sin duda, hablamos de un fenómeno multicausal, que comprende diversos aspectos en los planos económicos, políticos, sociales y culturales. A su vez, las miradas pueden abordar factores internos (es decir, los procesos socio-económicos y políticos que se sucedieron en el territorio inglés), como factores externos: las vinculaciones de Inglaterra con el mundo exterior, las relaciones comerciales y de dominio que ejercía allende los mares.
5.1. Factores internos
En primer lugar, debemos señalar algunos condicionantes internos que dan cuenta del despegue industrial inglés. En este sentido, es clave partir de “la llamada acumulación originaria del capital”, una idea desarrollada por el filósofo y economista alemán Karl Marx en el libro El capital que fue retomada y revisada por diversos autores hasta nuestros días.
¿Qué significa la llamada acumulación originaria?
Hacia finales del siglo XVI, y a partir de la articulación entre los grandes terratenientes y los poderes del estado, bajo una nueva legislación se emprendió un proceso de cercamientos y expropiación de las tierras que tuvo consecuencias profundas. Pues esta privatización de las tierras de cultivo, que supuso la erradicación de las tierras comunales -las cuales funcionaban como un complemento de la economía campesina o como base de la existencia para campesinos pobres y sin tierra-, dejó sin sus medios de subsistencia y reproducción a miles de hombres y mujeres que no tenían la suficiente capacidad económica para adquirirlas. De esta manera, y en el marco en el que se desarrollaba el sistema fabril como modelo de organización del trabajo, una gran cantidad del campesinado quedaba despojado e impelido a desplazarse en muchos casos hacia las ciudades con una sola herramienta que ofrecer: su mano de obra a cambio de un salario.

“El proceso que crea a la relación del capital, pues, no puede ser otro que el proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de sus condiciones de trabajo, proceso que, por una parte, transforma en capital los medios de producción y de subsistencia sociales, y por otra convierte a los productores directos en asalariados. La llamada acumulación originaria no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción. Aparece como ‘originaria’ porque configura la prehistoria del capital” (Fragmento extraído de: El capital, tomo I, vol. 3, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2004, p. 893).
Asimismo, cabe señalar que, el proceso de cercamientos implicó una reestructuración de la agricultura por medio de nuevos métodos que introdujeron nuevos cultivos, una eficaz alimentación de ganadería en establos y la supresión del sistema de barbecho. Una de las consecuencias principales fue el aumento de la cantidad y calidad de los alimentos, que redundó al mismo tiempo en un crecimiento demográfico.
A su vez, algunos trabajos destacan el papel que tuvieron algunos empresarios respecto de la incorporación de innovaciones tecnológicas para explicar el papel pionero de Inglaterra en el proceso de industrialización y la incidencia de estos cambios para el aumento de la producción y la productividad.
Sin duda, la máquina de vapor fue una de las transformaciones más representativas del proceso revolucionario industrial, al igual que el nombre del científico escocés que la patentó, James Watt. ¿Pero en qué consistía y por qué fue trascendental en el proceso de producción? Básicamente, dicha máquina implementó una nueva fuente de energía inanimada (térmica) que se basaba en la utilización del calor (a través de la quema de combustible -carbón-) y a partir de ella se obtenía fuerza y movimiento. Si bien es cierto que ya existían otras maquinarias que funcionaban a partir de la energía eólica e hidráulica, la máquina a vapor tenía grandes ventajas para la producción, ya que su utilización no dependía de las condiciones climáticas (presencia de viento), o bien, de la ubicación geográfica (cercanía de ríos). A su vez, estas máquinas imprimían una velocidad que posibilitaban la multiplicación del trabajo llevado a cabo por cada trabajador/a.


Máquina a vapor
De este modo, su implementación en la industria textil (primero en el hilado y luego en el tejido, hacia 1815) generó un aumento considerable de la producción, a niveles industriales. Ahora bien, más allá de la máquina a vapor, la industria del algodón no necesitó grandes inversiones en innovaciones mecánicas (algunas de las otras invenciones relacionadas con dicha rama fueron la lanzadera volante, la máquina para hilar, entre otras). Es decir, los avances tecnológicos por sí solos no permiten explicar la Revolución Industrial. Fueron necesarias numerosas transformaciones sociales y económicas (como las ya mencionadas) para que se pudieran asimilar esos inventos y descubrimientos, aumentando así la capacidad productiva de las sociedades.
5.2. Factores externos
Los vínculos establecidos entre Inglaterra y el exterior son ponderados por algunas miradas que colocan el énfasis en los factores externos para explicar el pionero desarrollo industrial inglés. ¿Cómo se caracterizaban dichos vínculos y por qué son considerados relevantes para el estudio de la Revolución Industrial?
Como hemos mencionado anteriormente, hacia mediados del siglo XVIII, Inglaterra había alcanzado el control marítimo de las rutas comerciales internacionales, ejerciendo el monopolio del comercio de esclavos. De este modo, el rol de la Compañía Británica de las Indias Orientales era esencial en el comercio marítimo entre Asia, África, América y Europa. Si bien otros estados europeos habían conformado tales Compañías de las Indias Orientales (por ejemplo, la francesa u holandesa), la británica ejercía una preeminencia sobre las otras, merced al poderío naval inglés.
Previo a la industrialización, los intereses económicos británicos se orientaban a la comercialización de diversos productos, entre ellos, los tejidos de algodón de la India, los cuales eran intercambiados mayormente en África por esclavos y dirigidos estos últimos hacia América. Las condiciones del traslado marítimo de la población originaria del continente africano eran deplorables, con lo cual, muchos morían en el trayecto.

Comercio de esclavos. Fuente: Wikipedia
En suma, el control del comercio global y de la trata de esclavos facilitó el camino a la industrialización inglesa, ya que le generó capitales que pudieron volcarse luego a la industria, materias primas y particularmente, un mercado externo disponible y controlado para la posterior comercialización de su producción industrial de tejidos de algodón.
En este sentido, algunos autores/as, entre ellos Sven Beckert, señalan la relación de causalidad estrecha entre los siglos de comercio entre Asia, África y América a cargo de los europeos (el desarrollo del capitalismo comercial) y el capitalismo industrial, la industrialización de Inglaterra en particular y de Europa en general.
¿Cómo obtenía Inglaterra la materia prima de la industria textil?

Planta de algodón, materia prima del despertar industrial
Ese control de las rutas comerciales globales le permitió a Inglaterra la obtención de numerosas materias primas, entre ellas, el algodón. Conseguido de regiones cuyo clima era propicio para su producción -la India, las islas del Caribe y luego, el sur de Estados Unidos- el algodón se constituyó como la punta de lanza de la Revolución Industrial, desplazando, así, a las telas indias consumidas hasta entonces. ¿Cómo se produjo este cambio?
Las telas indias, que habían sido comercializadas en diversos continentes por los ingleses y que habían generado el hábito de consumo de las prendas de algodón en las diversas regiones, fueron paulatinamente excluidas de los mercados con el propósito de fomentar la producción textil inglesa. Para ello, en primer lugar, se prohibió su importación al territorio nacional (para proteger a los productores de lana y evitar la competencia con los tejidos de algodón ingleses) y, en segundo lugar, conforme el control británico sobre el subcontinente indio avanzaba, se prohibió la producción y exportación de telas. Asimismo, en el marco de ese proceso, fue nodal la presencia estatal, pues creó un contexto favorable para la producción textil inglesa, por medio de un conjunto de medidas que allanaron el camino para extender las actividades mercantiles inglesas en los siglos del capitalismo comercial y la obtención del algodón por medio de los obstáculos que impedían intercambiar tejidos indios.
6. Impacto social de la Revolución Industrial
Hasta aquí hemos explorado los procesos socioeconómicos que permiten comprender el desarrollo industrial en Inglaterra a finales del siglo XVIII. Ahora les proponemos situar la mirada en las consecuencias sociales de este último a partir de algunos interrogantes: ¿cuál fue el impacto del desarrollo industrial en la sociedad? ¿cómo se fue conformando la clase obrera inglesa?, ¿de qué modo el desarrollo industrial alteró el estilo de vida de los y las trabajadores/as?, ¿cuáles eran las condiciones laborales de la mano de obra industrial?
La formación de la clase obrera fue un proceso lento y en continuo desarrollo: se nutrió de trabajadores rurales que fueron desplazados de sus campos, tras el continuo cercado de tierras y los cambios en la agricultura, como también de antiguos artesanos. A su vez, como veremos en el apartado siguiente, es importante considerar la mano de obra femenina desde una perspectiva de género a fin de comprender de manera cabal la formación de la clase obrera en la Inglaterra de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX.
El análisis del historiador marxista británico Edward P. Thompson es un clásico ineludible para abordar el tema, entre otras cuestiones, por su interés en la experiencia de los trabajadores, por rescatar sus vivencias dentro y fuera de las fábricas, por darles voz: “me propongo rescatar al humilde tejedor de medias y calcetines, al jornalero luddita, al obrero de los más anticuados telares, al artesano utopista y hasta al frustrado seguidor de Joanna Southcott, rescatarlos de una posteridad excesivamente condescendiente…”.
En su planteo, sostiene que la explotación sufrida por los trabajadores, tanto a nivel económico como político, fue esencial en la toma de conciencia de clase, es decir, en sentirse parte de un grupo con intereses comunes, frente a otra clase opresora, la burguesía. Sin dudas, el término explotación resume las condiciones del trabajo durante las primeras décadas de la Revolución Industrial: las jornadas laborales en la fábrica superaban las doce horas, se ejercía una disciplina férrea sobre el obrero, con penas de castigo físico ante el incumplimiento, quejas y reclamos, o bien, el despido. Esto último era sumamente delicado debido a que los industriales no tomaban mano de obra que había sido despedida por los motivos mencionados.
A su vez, a diferencia del trabajo rural (donde la jornada laboral se regía por la salida y ocultamiento del sol y el tiempo se organizaba con los ritmos de siembra y cosecha), en las fábricas, el tiempo comenzó a ser medido con exactitud y regularidad: el obrero debía entrar a un horario puntual y trabajar más de 12 horas por día en espacios cerrados, poco ventilados, como eran las primeras fábricas. Sumado a todo ello, el jornal era ínfimo, apenas alcanzaba para la subsistencia. El siguiente es un testimonio sobre las condiciones de vida de los y las trabajadores, adultos y niñas/os.
Las/os invitamos a escuchar este fragmento sobre la situación de la clase obrera:
(Fuente: Turner Thakrah: Informe del médico, 1831)
Por otra parte, el espacio urbano se vio profundamente alterado por el desarrollo industrial, los cambios producidos en las ciudades pueden advertirse en la novela de Charles Dickens, Tiempos difíciles.
La ciudad se fue expandiendo y los trabajadores se asentaban en zonas situadas en los márgenes de la ciudad. Estos barrios obreros se veían presos del humo y el hollín que despedían las chimeneas fabriles.
Para cerrar, les proponemos ver el siguiente registro documental -realizado por Mitchell & Kenyon Films (1900-1906)-, a fin de dar vida a los hombres, mujeres y niños/as que trabajaban en la industria (si bien se filma un período posterior al analizado aquí). La cámara registra la puerta de entrada a una fábrica de algodón de la ciudad de Lancashire Heartland, en 1901.
6.1. La situación de la mujer obrera
En función del impacto que tuvieron los estudios de género a fines del siglo XX, varios trabajos académicos comenzaron a preguntarse sobre la relación que existió entre la Revolución Industrial y la situación de las mujeres. Para comenzar a responder este interrogante, ante todo, es importante recordar que en el período pre-industrial el trabajo de la mujer estaba centrado en el hogar; y si trabajaba por fuera del ámbito privado la mayoría realizaba trabajos temporarios en agricultura o en la manufactura doméstica. Es decir, sus labores formaban parte de lo que se conoce como “economía familiar”: una economía en donde los/as integrantes de la familia contribuían a la manutención de la familia. Teniendo en cuenta esto, y la función de la mujer predominante en aquellos tiempos como esposa y madre (concepción derivada del ideal de clase media, de una sociedad patriarcal y del peso que tenían los discursos cientificistas del siglo XIX), la industrialización y el impacto del trabajo fuera del hogar afectaría la organización tal y como se concebía hasta entonces.
¿De qué modo impactó la industrialización en la vida de las mujeres?
De acuerdo a las distintas variables a considerar, existen posiciones historiográficas que exaltaron los beneficios o los perjuicios que trajo el proceso de industrialización para las mujeres. Por un lado, se destacan aquellas visiones que interpretaron la inserción de la mujer en las fábricas como una liberación de sus tareas domésticas y promoción individual, por el otro, las que consideran que este nuevo tipo de trabajo asalariado y lejos del hogar, además de subsumirlas en un trabajo basado en relaciones de explotación, implicaba la obligación de dejar a sus hijos con nodrizas y descuidar sus casas. Sin embargo, entre esas dos posturas, existen otras que matizan esta polarización de visiones principalmente a partir de dos reparos: primero, no fueron tantas las mujeres que fueron a las fábricas, al menos entre 1760 y 1914; segundo, la economía familiar no estaba exenta de tareas durísimas y monótonas, como hilar, hacer encaje o preparar los telares, o transportar carbón para sus padres o sus maridos.
Entonces, cabe preguntarse, ¿Qué cambios concretos implicaron las nuevas experiencias laborales para las mujeres de la clase trabajadora en comparación con el de los hombres de la misma clase?, ¿Qué influencia tuvo el trabajo de la mujer en su vida y en el de la familia de clase trabajadora?
Para responder estos interrogantes, por supuesto, hay que destacar que existieron muchas variaciones según el grado de urbanización de las diferentes naciones que se fueron industrializando. Por ello, también hay que señalar que la mayoría de los estudios se centran en las mujeres trabajadoras en Inglaterra y Francia durante el siglo XIX y principios del XX.
Las visiones más matizadas, se encargaron por medio de la revisión de un conjunto de fuentes documentales, de mostrar tanto los cambios como las continuidades que significó la industrialización. Veamos algunos ejemplos.
En correspondencia con otros estudios que señalaron la convivencia de la fábrica con industria rural a domicilio, con respecto a las mujeres se demostró que muchas ya trabajan fuera de sus casas, trasladándose a talleres que quedaban a una distancia considerable, como les sucedía a las sombrereras y modistas.
Asimismo, cuando las máquinas de hilar aumentaron su tamaño (Jenny), no fueron las mujeres quienes las manejaron, sino los hombres y sus hijos, lo que implicó en el despido de las mujeres y el apartamiento de éstas de una industria que se la consideraba “femenina”. Y, estas incumbencias no se vieron únicamente reducidas por los cambios técnicos. Los varones organizados en uniones gremiales también vedaron el ingreso de las mujeres en las fábricas por temor a que se vea afectado el sueldo.
En cuanto a las mujeres que sí ingresaron en el ámbito fabril, se ha verificado que de a poco se organizaron y afiliaron en asociaciones gremiales para lograr tanto una mejoría salarial como de las condiciones de trabajo. En efecto, por medio de una serie de demandas se obtuvieron leyes que establecieron inspecciones al interior de las fábricas, la regularización del horario laboral y beneficios asistenciales, entre otras. Estas leyes si bien fueron positivas, no cubrieron derechos vinculados a la maternidad.
En cuanto a la situación de las mujeres trabajadoras y la familia también se revelaron ciertos matices al considerar, sobre todo, algunos prejuicios que se desprendían de la mirada negativa que tenía la sociedad burguesa sobre la clase trabajadora. El análisis exhaustivo de diversos documentos posibilitó observar que el trabajo en el hogar o fuera de este no incidió en la cercanía que las infancias tenían respecto de sus madres, pues, por una cuestión de valores, costumbres y de una marcada jerarquización al interior del hogar, la mayoría de los/as hijos/as sentían una enorme distancia con el “padre de familia”, que impartía más que respeto, miedo. Del mismo modo, puede añadirse que el temor a una profusa vida sexual y una posible extensión de hijos ilegítimos, producto del trabajo fuera de casa, no era una preocupación juzgada por los/as trabajadores/as. Por el contrario, el embarazo prematrimonial podría garantizar un matrimonio.
En consecuencia, estas visiones matizadas lograron desmitificar ciertas imágenes estereotipadas de la vida en la fábrica y del rol de la mujer. No obstante, es posible advertir que por sobre aquellas miradas que exaltaban la obtención de un mayor grado de autonomía de la mujer gracias al proceso de industrialización, sobresalen aspectos más negativos que positivos, pues el progreso técnico no solo abrió muy pocas oportunidades para acceder a trabajos considerados masculinos, sino que en el caso de acceder las mujeres estaban bajo la supervisión masculina, situaciones de abuso laboral devenido en acoso sexual, pésimas condiciones de salubridad.
Para describir cómo eran las condiciones de trabajo de las mujeres y las niñas les proponemos leer el siguiente fragmento:
“En 1832, Elizabeth Bentley, que por entonces tenía 23 años, testificó ante un comité parlamentario inglés sobre su niñez en una fábrica de lino. Había comenzado a la edad de 6 años, trabajando desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde en temporada baja y de cinco de la mañana a nueve de la noche durante los seis meses de mayor actividad en la fábrica. Tenía un descanso de 40 minutos a mediodía, y ese era el único día de la jornada. Trabajaba retirando de la máquina las bobinas llenas y reemplazándolas por otras vacías. Si se quedaba atrás, “era golpeada con una correa” y aseguró que siempre le pegaban a la que terminaba en último lugar. A los diez años la trasladaron al taller de cardado, donde el encargado usaba correas y cadenas para pegar a las niñas con el fin de que estuvieran atentas a su trabajo. Le preguntaron: “¿se llegaba a pegar a las niñas tanto para dejarles marcas en la piel?”. Y ella contestó: “Sí, muchas veces se les hacían marcas negras, pero sus padres no se atrevían a ir al encargado, por miedo a perder su trabajo”. El trabajo en el taller de cardado le descoyuntó los huesos de los brazos y se quedó “considerablemente deformada… a consecuencia de este trabajo”.
Fuente: Bonnni Anderson, Historia de las mujeres: una historia propia, volumen 2, Editorial Crítica, Barcelona, 1991, pp. 287- 288.
6.2. Controversias entre “optimistas” y “pesimistas”
Como se desprende de las consecuencias sociales de la Revolución Industrial (introducción de una nueva disciplina de trabajo, incorporación de trabajo femenino y de niños en las fábricas, malas condiciones habitacionales, entre otras cuestiones), a pesar del innegable crecimiento de la economía, el aumento de la natalidad, la emergencia de nuevos empleos, cabe preguntarse por la distribución de las riquezas, ¿fueron distribuidas equitativamente o, por el contrario, de manera desigual?
Existen visiones disímiles al respecto que dieron lugar a dos visiones contrarias, la de los “optimistas” y la de los “pesimistas”. El debate entre los que se inclinan por una u otra mirada se inició en la década de 1920, momento en el cual surgió la postura “optimista”. Según se analizaran ciertos aspectos y/o variables (aumento salarial real, pautas de consumo y distribución de la renta nacional) fueron exaltados la mejoría o empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores entre 1790 y 1840.
Para los enfoques más economicistas el aumento salarial, de consumo y la renta media per cápita del período se consideran como una prueba irrefutable de mejoría de las condiciones de la clase trabajadora. Sin embargo, para otras visiones, que no niegan la existencia de una pequeña mejora en la media del nivel de vida material, es fundamental observar en detalle los cambios introducidos por el sistema de fábricas como los nuevos modos de explotación ejercidos sobre la clase obrera, la disparidad salarial entre varones, mujeres y niños, la inseguridad, la miseria en la que vivían, el impacto en la salud y las nuevas relaciones impersonales que entrañaba el anonimato de las nuevas ciudades, como factores tan (o más) decisivos que ciertas estadísticas económicas.
En el marco de estas controversias, el carácter interpretativo sobre los datos cuantitativos o la mayor relevancia puesta en la calidad de vida de los/as trabajadores, y las vinculaciones de estas variables entre sí, se advierte en el uso de fuentes documentales de diferente naturaleza (cuantitativas y cualitativas) y que pueden condensarse en una frase del historiador, ya mencionado E. P. Thompson: “La población puede consumir más bienes y a la vez ser menos feliz y menos libre”. Este autor, a las claras, pone en un primer plano el peso que tuvo la industrialización respecto de los valores y las costumbres tradicionales que habían predominado hasta entonces y que provocaron una serie de conflictos y enfrentamientos entre los trabajadores/as y los patrones. Entre ambas visiones, “optimistas” y “pesimistas”, siguen surgiendo hasta la actualidad una serie de matices que complejizan cada vez este proceso que cambió la historia.
Para seguir reflexionando en torno a estas polémicas que lejos están de estar cerradas, les proponemos ver una película que posibilita retomar todo lo visto: Germinal (1993) de Claude Berry, un film basado en la novela homónima de Émile Zola. Como ejes principales, allí podrán ver la centralidad que tuvieron las minas, el carbón y la máquina de vapor en el proceso de industrialización, las transformaciones en las condiciones laborales de los trabajadores, la incorporación de las mujeres y los/as niños/as, las resistencias a esta nueva realidad y las ideologías del período.

7. A modo de síntesis
Luego de los diferentes aspectos abordados, podríamos decir que el proceso de industrialización que tuvo como protagonista a Inglaterra solo es posible de ser comprendido a nivel global, tanto para evaluar sus causas como sus consecuencias. La profunda transformación que produjo la Revolución Industrial, y que dio lugar al sistema capitalista, se aprecia en los cambios de las estructuras económicas, la emergencia de nuevas relaciones sociales de producción y, en consecuencia, en la vida cotidiana de los hombres, mujeres e infancias. Las imágenes predominantes de las sociedades mayoritariamente campesinas dieron paso al sistema de fábricas, a la burguesía industrial (que se desempeñó junto con la burguesía comercial y financiera) y la clase obrera como actores sociales destacados, al desplazamiento profuso de mujeres, hombres y mercancías, mediante la extensión de de una red de transportes, entre los que se destacó el ferrocarril. Esas transformaciones que modificaron la historia del siglo XIX se expresó también en el surgimiento de las grandes ciudades y la emergencia de los medios masivos de comunicación que promovieron nuevas formas de consumo y multiplicación de mercados. Fue el período en el cual surgió el término de “clases medias”, pues en simultáneo con el crecimiento de los propietarios de empresas y de diversos profesionales creció un número de empleados (trabajadores de cuello blanco) que no realizaban trabajos manuales (trabajadores de cuello azul).
Dicho de otro modo, aquel proceso de industrialización que se inició hacia 1760/80, no sólo significó una nueva forma de organizar la producción, sino también transformaciones en el medio ambiente, nuevos estilos de vida, ideas y representaciones que, entre otras cuestiones, sufrirán, como veremos en el próximo bloque, otros cambios en la segunda mitad del siglo XIX.
8. Bibliografía del bloque
- Barbero, María Inés y et al, “La primera revolución industrial”, en Barbero, M. I. (ed.), Historia económica mundial: del paleolítico a internet, Buenos Aires, Emece, 2007.
- Beckert, Sven, El imperio del algodón. Una historia global, Barcelona, Editorial Crítica, 2016.
- Crafts, N. P., “La Nueva Historia Económica y la Revolución Industrial”, en P.H. Mathias y J. Davis, The First Industrial Revolution, Oxford, 1989.
- Hobsbawm, Eric, La era de la revolución 1789-1848, Buenos Aires, Crítica, 2011 [1962].
- Hobsbawm, Eric, La era del capital, 1848-1875, Buenos Aires, Crítica, 2006 [1975].
- Landes, David, La riqueza y la pobreza de las naciones, Barcelona, Crítica, 2000.
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- Pierenkemper, Toni, La industrialización en el siglo XIX. Revoluciones a debate, Madrid, Siglo XXI, 2001 [1996].
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