4. El capitalismo postindustrial

4.1. Neoliberalismo

A partir de los último años e la década de 1970 comenzó a expresarse con fuerza el neoliberalismo, una corriente que desde la década de 1960 se manifestaba en ámbitos académicos. Ella promueve la tendencia a reducir al mínimo la intervención del Estado en la economía; pues, esto permite el desarrollo sin trabas del sistema capitalista. Este cambio se relaciona con dos grandes crisis que cierran el período de bonanza conocido como "la edad de oro del capitalismo".  Primero, la crisis del dólar de 1971, que como resultado del déficit fiscal norteamericano pone fin al sistema monetario internacional que había dado estabilidad a la economía desde 1944 (Bretton Woods). Segundo, la crisis del petróleo de 1973, cuando el aumento de los precios del petróleo durante toda la década clausuró la etapa de energía barata y abundante de los años previos . El impacto de estas crisis (que hicieron de la inflación un problema central de la economía) dio paso a voces que, sin ser nuevas, lograron mayor visibilidad. Se impuso la idea de que era necesario favorecer a los mercados, a la competencia a partir del libre juego entre la oferta y la demanda (de bienes, servicios y mano de obra) y a la acumulación privada. Concretamente, con ese objetivo, los principales organismos financieros internacionales -como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otros- impulsaron una serie de reformas que iban en un sentido contrario a las políticas económicas de los Estados interventores y de bienestar, basadas, según esta nueva concepción, en un excesivo gasto público. En contraposición, ahora, sólo debía garantizarse un marco jurídico que beneficiara al sector privado. 

Estas ideas que se apoyaban en las propuestas del economista Milton Friedman y la escuela de Chicago, desplazaban así a las trazadas por John Maynard Keynes. En este nuevo contexto, se aplicaron medidas de ajuste que se tradujeron, sobre todo, a partir de la privatización de empresas de servicios públicos, reducción de la presión fiscal sobre las empresas y la flexibilización laboral. Con estas medidas se promovía la noción del “derrame”: si las empresas se veían beneficiadas redundaría en toda la sociedad y en especial los/as trabajadores/as que podrían mejorar sus salarios o reinsertarse al mundo laboral en caso de desempleo. De esta manera, se justificaba la conducta de los Estados que satisfacían las imposiciones del empresariado. 

Sin embargo, muchos economistas impugnaron dicha premisa al sostener que el elemento que explica la generación de trabajo es el fortalecimiento del mercado interno y por lo tanto la mejora de los salarios de los trabajadores para potenciar el consumo y la actividad económica.

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¿Qué significa la flexibilización laboral?

La flexibilización laboral supone modificar un conjunto importante de la reglamentación vigente para los trabajadores/as. Fijadas, sobre todo, en momentos de crisis económicas se cambian las formas de contratación, en las cuales se apoya una mayor flexibilidad para: aumentar o disminuir los niveles de empleos en las empresas; beneficiar la movilidad geográfica de los puestos de trabajo; alterar los salarios y los horarios laborales. En relación con esto, y en una economía en donde el libre mercado se constituye como el vector principal, los sindicatos (sus reivindicaciones, como las protecciones y los servicios sociales que estos demandaban) son considerados como un elemento negativo. A partir de estas medidas, los años ochenta, estuvieron signados por un retroceso de las conquistas laborales obtenidas por el movimiento obrero a lo largo de la historia.

Las figuras más representativas que apoyaron y llevaron a cabo estas políticas fueron Margaret Thatcher (“la dama de hierro”), primera ministra del Reino Unido entre 1979 a 1990 y Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos entre 1981 y 1989. En el caso de términos generales, en América Latina, el neoliberalismo comenzó a instalarse con las dictaduras cívico-militares. En efecto, en los países periféricos estas medidas se aplicaron con niveles de violencia estatal aún mayores que en los casos de los países centrales, y con resultados aún más dramáticos tanto en términos económicos como sociales: aumento del endeudamiento público, ruptura de las tradiciones organizativas obreras y subsecuente precarización de los trabajadores, de la mano de altos niveles de desempleo, caída de los salarios reales y amplios procesos de desafiliación social. En ambos casos, sin embargo, la aplicación de estas políticas fue de la mano de lo que Naomi Klei llamó “la doctrina del shock”. 

Para introducirse en estos temas les recomendamos una película en la cual se pueden apreciar estas políticas de ajuste y sus respuestas: Billy Elliot (2000), dirigida por Stephen Daldry y escrita por Lee Hall. Esta película narra la historia de un niño de clase obrera que descubre su vocación por la danza clásica y debe luchar en contra de los prejuicios de su padre, resultado de los estereotipos femeninos y masculinos del período. Ahora bien, uno de los componentes más interesantes de la película es que transcurre en el condado de Durham, zona minera de carbón de Inglaterra, durante la huelga de mineros de 1984-1985. Allí se puede observar cómo impactaron ciertas medidas neoliberales en relación con los trabajadores, los conflictos entre dos fuerzas en pugna, el trabajo y el capital, que se expresan en las resistencias de los trabajadores mineros y la acción represiva del gobierno de Thatcher. Cabe destacar que, la huelga de los mineros de 1984-1985, producto del cierre progresivo de los pozos de carbón fue uno de los conflictos sociales más importantes de la historia de Reino Unido y se constituye como el símbolo de la derrota del mundo del trabajo frente a las políticas neoliberales. 

Fuente: Benoit Bréville [et. al.] (2011), El Atlas histórico de Le Monde diplomatique. Historia crítica del siglo XX, Buenos Aires, Capital Intelectual

En los países centrales, esta nueva fase del capitalismo se acompaña de la promoción de innovaciones y desarrollo con el objetivo de incorporar al mercado nuevos productos y servicios. En este sentido, se despliega un perfeccionamiento tecnológico permanente y los científicos y los técnicos ocupan un lugar relevante en estas sociedades, al tiempo que se reduce la mano de obra. Esto se puede observar con claridad en la robotización implementada en la industria automotriz que posibilita producir más con menos trabajadores, lo que se traduce en pagar menos salarios.

El neoliberalismo presentó profundas fallas, pues creció la desigualdad social y los países periféricos se endeudaron profundamente estallando en 1982 la crisis de las deudas soberanas en América Latina. En consecuencia, y con el objetivo de propiciar la integración plena de América Latina, surge en 1989 el “Consenso de Washington”: un conjunto de recomendaciones cuyo objetivo principal es el disciplinamiento macroeconónico sustentado en una reorganización del gasto público, una severa política fiscal, reformas tributarias, tipos de cambio competitivos, liberalización financiera, entre otras.

Por último, es importante tener en cuenta que esta corriente va de la mano de cambios culturales que pueden observarse en la exaltación del individualismo, la meritocracia y la reconfiguración de la sociedad de consumo. En correspondencia con estas ideas, se desplazan valores vinculados a la igualdad o la solidaridad promovidos por el Estado de Bienestar.