La crisis de la década del ‘30 dio lugar a diversas interpretaciones a partir de varios interrogantes: ¿por qué la Bolsa de Wall Street se desplomó con tal virulencia?, ¿por qué el quiebre bursátil neoyorquino se propagó al resto de las bolsas y bancos del mundo?, ¿existía un proceso de recesión previo a la caída de Wall Street?, ¿en qué medida las medidas de política monetaria del gobierno de Estados Unidos contribuyeron a la profundización de la crisis?, en última instancia: ¿qué causas provocaron una depresión tan profunda y sostenida en la economía capitalista a principios de los años ‘30?
Ante estas preguntas, algunos analistas sostuvieron que la especulación desmedida estimuló la gestación de una burbuja financiera que estalló al cabo de algún tiempo. Otros han subrayado que el sostenimiento de políticas de austeridad fiscal (recorte del gasto público) agravaron el efecto recesivo posterior a la caída de la Bolsa. Finalmente, otros autores rastrearon el origen de la crisis en problemas más profundos que involucraban a los Estados Unidos y a la economía mundial.
John M. Keynes fue uno de los primeros en proponer una explicación teórica que desafiaba la concepción clásica y neoclásica del mercado, argumentando que el problema radicaba en la insuficiencia de la demanda agregada. Una demanda insuficiente habría generado un fenómeno de sobreproducción y un nivel excesivo de oferta de bienes y servicios que no podía ser absorbido por el mercado. A partir de interpretaciones como la de Keynes, muchos de los gobiernos comenzaron a aplicar políticas intervencionistas que procuraban estimular la demanda con el propósito de revertir el ciclo económico depresivo.
La postura de Keynes fue cuestionada en la década de 1960 por la escuela monetarista representada por Milton Friedman y Ana Schwartz, quienes sostuvieron que el origen de la crisis de 1929 estaba ligado a cuestiones monetarias. Según estos autores, la Reserva Federal no había ofrecido suficiente liquidez para que los bancos pudieran afrontar la crisis financiera, de forma que esta política monetaria restrictiva habría contribuido a profundizar el declive económico.
Por su parte, Peter Temin observó que esta interpretación monetarista desestimaba los signos evidentes de debilidad que mostraba la economía estadounidense en la segunda mitad de la década de 1920. Este sería el principal factor que habría impedido una pronta recuperación una vez producida la crisis financiera. Temin observa que antes del estallido financiero de 1929 eran perceptibles varios factores que contribuyeron luego al colapso del sistema bancario estadounidense, como ser la caída de la construcción de viviendas, que reducía la actividad de la construcción y las industrias conexas, o la caída de los precios agrícolas, que afectaba a los productores rurales, muchos de los cuales no podían hacer frente al pago de los préstamos bancarios.
Las medidas anticíclicas son formas de intervención económica, cada vez más habituales desde los años ‘30, que procuraban regular los niveles de actividad y ocupación a partir de modificar los niveles de la tasa de interés, de la emisión monetaria y de los impuestos y gastos de la administración estatal.
De acuerdo con John M. Keynes, la demanda agregada resulta de la suma de todos los bienes y servicios que corresponden al consumo de las familias, la inversión pública y privada en todo un país, además de la demanda del sector externo.