Al momento de estudiar, es posible que vayas posponiendo lo que tenés que hacer sin ninguna razón aparente. Puede suceder que te distraigas con mucha facilidad y busques cualquier excusa o cualquier otra tarea para “patear” para más adelante el estudio. Esto se llama “procrastinar” y, en mayor o menor medida, nos sucede a todos.
La procrastinación puede obedecer a distintas razones: no haber planificado o anticipado las tareas, no tener objetivos claros de estudio de cada día, tener poca confianza en tus capacidades para estudiar o para rendir los exámenes, o que la situación de cursar te esté generando ansiedad y que esto te impida ponerte en tarea.

Una estrategia que te va a servir para reducir la procrastinación es establecer rutinas diarias de estudio que sean realistas y alcanzables. Es decir, no plantearte que vas a poder estar muchas horas más de lo que de verdad podés. Más adelante, a medida que te vayas acostumbrando a la vida universitaria, podés ir aumentando el tiempo de estudio cuando tengas una rutina más establecida.
Es probable que muchas veces no llegues a cumplir tu planificación y te queden cosas pendientes. Aceptar que va a suceder esto, tener flexibilidad y anticipar la posibilidad de ir adaptando tu plan semanal para el estudio también es una manera de combatir la procrastinación.
No todos los temas te van a requerir la misma atención. Tratá de identificar las materias y los temas que te resultan más difíciles o que podés prever que tienen mayor peso en el examen, y concentrate en eso primero. Como muchas veces no se puede abarcar todo con la misma profundidad y dedicación, entender qué es lo imprescindible es clave para organizar tus objetivos de estudio. Estate atento en clase y consultá con tus compañeros, tratá de encontrar las pistas que te indiquen cuáles son los temas centrales de la materia y dedicales más tiempo.