Tanto Marx como Weber consideran que la relación entre poder y organización tiene como resultado dos facetas de una misma dinámica. Por un lado, el aumento de la eficacia, racionalidad y productividad del trabajo humano (tanto en la producción de bienes y servicios como en la administración). Por otro lado, la sujeción, cosificación y deshumanización de las personas, reducidas a convertirse en simples piezas de una gran maquinaria productiva y administrativa. En este sentido, ambos autores coinciden en que mediante la organización del trabajo humano se ejerce poder y dominación. O, dicho de otra manera, que toda organización es una forma de ejercicio del poder y la dominación.
Uno de los teóricos más importantes que estudió acerca del ejercicio del poder es el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984). Su análisis se centra en cómo las formas de ejercicio del poder han cambiado desde el inicio de la modernidad al asumir tres modalidades básicas: la soberanía, la disciplina y la regulación. Cada una expresa estrategias históricas diferentes para organizar, orientar y controlar conductas.
En este marco, el autor señala que el poder soberano es el resultado del absolutismo monárquico y alcanza su apogeo en Europa en el siglo XVI. Su lema puede definirse como el poder de dejar vivir o hacer morir. Era un poder que extraía recursos de la sociedad (bienes y personas) para sostenerse, pero no la organizaba ni la regulaba. Un poder que controlaba poco, pero que intervenía con violencia explícita cuando se sentía amenazado.

Representación de la ejecución pública de Robert François Damiens en París en 1757
El desarrollo del capitalismo en los siglos XVII y XVIII exigió un nuevo tipo de poder, más constante, predecible y regulador. Las sociedades modernas requerían individuos dóciles, disciplinados y de conducta calculable. Este nuevo poder no dependía de un centro único, sino que se expresaba a través de múltiples dispositivos dispersos (escuela, ejército, fábrica, hospital) que moldeaban los comportamientos y organizaban la vida cotidiana.
Así como la revolución industrial trajo nuevas tecnologías de producción, surgen también nuevas “tecnologías de poder”, es decir, formas más organizadas y eficaces de controlar y dirigir a las personas. Estas tecnologías no solo ordenan los cuerpos y las conductas, sino que también producen determinados tipos de sujetos. Como plantea Foucault, el poder no actúa simplemente reprimiendo, sino configurando modos de ser y de pensar: produce sujetos capaces de reconocerse a sí mismos dentro de ciertos discursos y prácticas. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en los ejércitos, que dejaron de ser grupos desordenados de combatientes para convertirse en organizaciones disciplinadas, con jerarquías claras y movimientos ordenados para el ataque o la defensa. También lo podemos ver en la escuela, que se volvió una institución centralizada y adoptó el modelo del aula: los bancos alineados, los estudiantes en filas y el maestro que examina desde su escritorio elevado. Algo similar pasó en el taller y, más tarde, en la fábrica, donde los trabajadores se organizaban bajo una estructura jerárquica y eran constantemente observados por los capataces.

Escena escolar típica de mediados del sigo XX

Formación militar histórica del Regimiento 2° de Línea chileno durante la Guerra del Pacífico

Imagen de una fábrica durante la Revolución Industrial
En todos estos espacios aparece lo que Michel Foucault llamó “dispositivos de vigilancia y castigo”. La vigilancia busca que las personas cumplan las normas establecidas y se comporten según lo esperado. Y, en caso de que eso no suceda, intervienen los castigos o sanciones ejemplificadoras, que no pretenden dañar, sino estandarizar y normalizar las conductas, y así lograr que todos ajusten su comportamiento a la norma establecida.
En ocasiones, estos dispositivos funcionan en situaciones de encierro, donde se controlan los cuerpos y se los dispone y organiza en el espacio: para cada uno hay un lugar marcado, un modo definido de actuar y un castigo para cuando eso no se cumpla.
Es en esta época cuando instituciones como la cárcel y el hospital psiquiátrico adoptan su forma moderna, basada en el encierro y la observación constante. La cárcel va a ser el epicentro de un innovador dispositivo de vigilancia y poder: el panóptico. El panóptico es un dispositivo de vigilancia central sumamente racional: con una mínima inversión en control (un solo vigilante) se pueden mantener observados numerosos detenidos. Y no solo vigilarlos, también disciplinarlos. El encierro estaba asociado a algún tipo de tarea metódica y rutinaria que se debía hacer bajo amenaza de castigo. La rutina, la disciplina y el trabajo eran considerados los remedios para las enfermedades morales que llevaban al delito: la vagancia, la autonomía y la pobreza.
El mismo caso aplica a los manicomios en particular, pero también a los hospitales en general. Anteriormente, los hospitales servían como depósitos para aislar de la sociedad a las personas consideradas enfermas, peligrosas o “indeseables”. Con el tiempo, esos espacios se van transformando en lugares de observación y experimentación de los casos patológicos, y dan lugar a la producción de nuevos conocimientos y saberes. Así, nacen nuevos dispositivos de saber-poder: la medicina moderna y la psiquiatría. De este modo, el poder (el que decide quién manda, qué se hace, quién entra) genera las condiciones para que surja un nuevo conocimiento, y este, a su vez, refuerza el poder, ya que ofrece nuevas formas de controlar, diagnosticar y “normalizar” a las personas. En este sentido, Foucault sostiene que las ciencias modernas son “disciplinas” porque disciplinan cuerpos y conductas al mismo tiempo que generan conocimiento. Así, el poder ofrece la cura y, para quienes no la aceptan, solo resta el abandono. El lema de estas nuevas “tecnologías de poder” es, dice Foucault, “hacer vivir y dejar morir”.

Representaciones del panóptico, diseño arquitectónico carcelario como estructura de vigilancia
Posteriormente, a mediados de los siglos XVIII y XIX, surge una nueva forma de poder centrada en lo que Foucault denomina el “cuerpo-especie”, es decir, en el cuerpo humano entendido como parte de los procesos biológicos de la población. Ya no se trata de controlar el cuerpo de cada individuo (como ocurría en instituciones disciplinarias como la escuela, la fábrica o la cárcel), sino de administrar la vida colectiva: cuántas personas nacen, cuántas mueren, cómo se alimentan, si están sanas o enfermas, cuánto viven, entre otros aspectos. Este tipo de poder busca regular los procesos generales de salud y enfermedad, enfrentar epidemias, controlar la sexualidad y subordinar lo moral a lo sanitario. En otras palabras, se trata de organizar lo social a partir de lo biológico, lo que da origen a lo que Foucault llama una biopolítica. Antes, las disciplinas modernas (como la medicina o la psiquiatría) habían desarrollado una anatomopolítica, orientada al control y la domesticación de los cuerpos individuales. La biopolítica, en cambio, se enfoca en la población como conjunto y busca gestionar la vida de la especie humana. Ambas formas de poder (la anatomopolítica y la biopolítica) se complementan y conforman lo que Foucault denomina biopoder: el poder que se ejerce sobre la vida, tanto en su dimensión individual como colectiva.
El filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1996) retoma esta historización del poder que hace Foucault para definir a las sociedades modernas como “sociedades de control”. Según el autor, en nuestras sociedades el poder ya no busca disciplinar o regular a las personas mediante reglas estrictas o espacios cerrados como sucedía antes en la escuela, la fábrica o el ejército. Ahora el poder actúa de otra manera: controla la vida, los movimientos y las capacidades de las personas, pero desde afuera, sin necesidad de encierros o normas visibles. Este control se ejerce al “aire libre”, a través de mecanismos más sutiles, que se adaptan a los cambios constantes de la sociedad. De este modo, parece que gozamos de libertad individual, pero en realidad se controlan los flujos de información que producimos con nuestras acciones supuestamente “libres”: lo que buscamos, compramos, compartimos o hacemos en la vida cotidiana. En este nuevo contexto, la vida es configurada como un continuo fluir en el tiempo y en el espacio. Las instituciones tradicionales —como la familia, la escuela o el trabajo— ya no tienen los mismos límites y estructuras que antes. Por eso se habla de una “crisis” de esas instituciones: no porque desaparezcan, sino porque están transformándose, adaptándose a nuevas formas de control más flexibles, pero también más difíciles de percibir.
En este sentido, la escolarización ya no tiene un principio y un final claros que ubiquen a las personas en categorías sociales definitivas. Puede empezar casi con el nacimiento y continuar hasta los estudios de posgrado durante toda la adultez. En casi todas las profesiones se está obligado a hacer cursos de perfeccionamiento o capacitación para mantenerse actualizado y conservar el empleo o aspirar a uno mejor. El home office ha borrado la separación entre la vida cotidiana y la institucional, ambas son parte ahora del mismo continuum, no limitado por momentos ni lugares específicos. Las nuevas conformaciones familiares han disuelto los límites de la familia clásica occidental, los institutos de salud mental están abandonando paulatinamente las prácticas de encierro, lo que diluye los límites entre la internación y la externación. Hasta la institución disciplinaria por excelencia, la cárcel, admite nuevas formas ambiguas, como la prisión domiciliaria con dispositivos electrónicos de control. Pero todo esto es consecuencia de una ampliación de las capacidades de control social, de manejo y administración de la información.

Persona trabajando en su hogar
Nuestros consumos, nuestros datos, nuestras publicaciones o acciones en las redes, nuestros movimientos en las calles son registrados, almacenados y controlados de modo continuo y constante por algoritmos, aplicaciones y cámaras de vigilancia, seguridad o control del tráfico. Los dispositivos de ubicación en los celulares, las tarjetas o aplicaciones de pago del transporte público o los medios de pago automático en las autopistas registran nuestros movimientos en tiempo real, nuestros recorridos, nuestros puntos de partida, de tránsito y de llegada. Los ejemplos se acumulan.
Paradójicamente, la sociedad del control es una sociedad a la vez abierta y persecutoria. Tenemos múltiples y libres accesos digitales a ámbitos institucionales, agencias oficiales, plataformas de juegos o esparcimientos, sitios de compras o ventas, y podemos movernos libremente entre todas ellas, pero cada una nos pide un examen de identidad, un usuario y una contraseña, es decir, una identificación. En este sentido, somos nuestro usuario y contraseña, y así quedamos registrados y señalados, esto eso, controlados. Nos movemos libremente dejando en todos lados nuestras huellas digitales, que nos identifican, nos hacen visibles y manipulables. Esa es la forma del nuevo control. Cuanto más dinámica y desestructurada es nuestra vida, menos anónima y privada. La organización moderna expresa plenamente esta lógica. Ya no se imponen actividades y salarios iguales discriminados por categorías normativamente definidas, sino que se premia el logro, la disposición al trabajo y al sacrificio personal por la empresa. De este modo, se estimula el individualismo y la competencia entre los empleados. La orientación al logro se define por proyectos limitados en el tiempo y dependientes de la iniciativa personal de los trabajadores. La administración se vuelve así descentralizada y el control organizacional se convierte en autocontrol individual. Ya no importan las personas y sus capacidades, sino los proyectos y sus objetivos.

Identidades digitales en una red social
El control hacia adentro se impone mediante el estímulo de la competencia individual y, hacia afuera, mediante estrategias de marketing que estimulan, orientan y controlan así el consumo. Ya no se trata de disciplinar los cuerpos encerrados ni de regular la vida administrada, sino de controlar y de manipular el flujo de la información sobre las acciones, ideas y sentimientos de los individuos. La nueva tecnología de poder es el algoritmo. Deleuze no lo dice en estos términos, pero podríamos estar pasando de la época del biopoder a la del infopoder.
En definitiva, desde las disciplinas analizadas por Foucault hasta las sociedades de control descritas por Deleuze, el poder se revela como una fuerza cambiante, que se adapta a las transformaciones históricas y tecnológicas de cada época. Ya no se limita a encerrar o vigilar, sino que se integra en las dinámicas mismas de la vida social, y regula comportamientos, decisiones y relaciones. Este proceso de reconfiguración del poder no solo afecta a la sociedad en su conjunto, sino también a las organizaciones, que reproducen y transforman esas mismas lógicas. A continuación, veremos cómo se ejerce específicamente el poder en las organizaciones modernas.