4. Referentes teóricos

4.2. Los inicios de la reflexión sistemática

En el marco de la nueva etapa “científica” del pensamiento, surge el positivismo, que proponía estudiar la sociedad con métodos científicos, como si fuera una “física social”. Su aplicación práctica se llamó higiene social, pensada para curar los problemas de la sociedad y organizarla de un modo nuevo, dirigido por científicos e industriales en lugar de la antigua nobleza. El discípulo de Saint-Simon, Auguste Comte (1798-1857), fue quien le dio el nombre de sociología a esta “física social” a partir de la combinación del latín socius, ‘socio’, y el griego λογία, ‘tratado, estudio, ciencia’. Según él, la sociología debía ayudar al Estado a conciliar orden y progreso. Estas ideas positivistas marcaron fuertemente a su época, y todavía hoy se reflejan en símbolos como la bandera de Brasil.

Bandera de Brasil con el lema “Orden y Progreso”

La sociología nace, entonces, preocupada por comprender el desorden social generado por la modernidad y como una propuesta utópica para reconstituir un orden. Pero también surge como una forma de pensar científicamente los problemas sociales. 

Para estos intelectuales, la ciencia era más una referencia simbólica que un método de estudio. Sus análisis y proposiciones eran más filosóficos que científicos. Pero otros autores tomaron ese nombre, sociología, y con él denominaron a sus propuestas para estudiar sistemáticamente los fenómenos sociales. Esas propuestas implicaron aportarle a la sociología un método riguroso para producir conocimiento y un objeto concreto de estudio sobre el cual aplicarlo. La sociología dejó de ser un tipo de especulación filosófica y se convirtió en una ciencia social reconocida e integrada en las instituciones universitarias. Y no solo “una” ciencia social, sino “la” ciencia de la sociedad.

Fueron muchos los autores que llevaron a cabo intentos similares y que produjeron obras importantes. A finales del siglo XIX y principios del XX, dos de ellos se destacaron no solo por la calidad y la profundidad de sus trabajos, sino también por la importancia que tuvieron para el desarrollo futuro de la sociología, al punto tal de que continúan siendo imprescindibles para pensar también los problemas de la sociedad actual. Se trata del francés Émile Durkheim y el alemán Max Weber. Ambos son considerados los clásicos indiscutidos de la sociología y sus fundadores más emblemáticos.

Junto a ellos, y en el mismo lugar fundacional, se coloca a Karl Marx, que, si bien nunca utiliza el término sociología para designar a su forma de estudiar a la sociedad, propone, al igual que los anteriores, un método propio, el materialismo histórico, y un objeto concreto de estudio, las relaciones materiales de producción. Su obra es considerada, por lo tanto, tan sociológica como la de los autores mencionados. Con Marx, que pertenece a una generación anterior a la de Durkheim y Weber, comenzaremos este recorrido por las ideas de los clásicos de la sociología. Y terminaremos con Talcott Parsons, un autor estadounidense de la generación posterior, que puede ser considerado el último de los clásicos o el primero de los teóricos contemporáneos, ya que, a mediados del siglo XX, dio forma, a partir de las obras de Durkheim y Weber, entre otros, a un intento de elaborar una teoría unificada para la sociología en particular y las ciencias sociales en general.

A continuación, exploraremos las principales ideas de estos clásicos de la sociología.