Según el sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917) los seres humanos somos seres duales: estamos compuestos por dos dimensiones. Por un lado, somos seres individuales, centrados en nosotros mismos y en nuestra vida personal. Pero ese es solo el aspecto biológico o natural de nuestra existencia.
Lo que verdaderamente nos convierte en seres humanos, capaces de construir culturas y civilizaciones, es la otra dimensión: la de seres sociales. Sobre esa base individual, se forma un “ser social” que expresa, en nuestra personalidad, las características sociales y culturales de los grupos a los que pertenecemos.
En otras palabras, aquello que nos hace humanos (y nos distingue del resto de los animales) es que nos integramos a la sociedad hasta que el grupo se vuelve parte de nosotros. Muchas de nuestras formas de pensar (gustos, creencias) y de actuar (formas de hablar, vestir o saludar) no se originan esencialmente en nuestra individualidad, sino en la sociedad que nos precede y que reproducimos de modo cotidiano. Esta integración es la que nos permite vivir juntos. Si cada persona inventara constantemente su manera de comportarse, no podríamos entendernos ni cooperar. Y si nuestro comportamiento dependiera únicamente de instintos biológicos, viviríamos en grupos cerrados y fijos, como las manadas animales.
Pero los seres humanos, al establecer lazos sociales, producimos algo nuevo: una forma de vida sui generis, única, que Durkheim llama “vida social”. Esta vida social se expresa a través de hechos sociales que poseen un carácter imperativo y coercitivo, dado que se imponen sobre nosotros como normas y modos de actuar que orientan y limitan nuestras conductas. De este modo, dicha vida social se manifiesta en cada uno como ese “ser social” que nos constituye y nos hace auténticamente humanos.
Escenas de celebraciones de matrimonio en diversas culturas
La integración del individuo en la sociedad no es, para Durkheim, una elección, sino una necesidad fundamental de la existencia humana. Como afirma el propio autor, “el hombre solo es hombre porque vive en sociedad” (Durkheim, 1983, pp. 55-56).
Aquí es necesario aclarar que esta integración no es espontánea ni natural, sino que se sostiene en un conjunto de normas, valores y expectativas que regulan nuestras conductas. Estas pautas sociales funcionan como marcos de referencia que orientan nuestras acciones y permiten que la vida social sea posible.
Partiendo de esta premisa, la sociología se ha ocupado de estudiar cómo se produce esa integración entre el individuo y la sociedad. En este sentido, el sociólogo estadounidense Talcott Parsons (1902-1979) sostiene que la integración ocurre porque nuestras motivaciones individuales para actuar (“orientaciones motivacionales”), que buscan satisfacer nuestras necesidades y obtener gratificación personal, están reguladas por los valores culturales compartidos (“orientaciones de valor”). Es decir, en cada decisión que tomamos existe un filtro cultural que nos indica qué es lo “correcto”, lo “adecuado” o lo “esperado”. De este modo, la cultura regula nuestra conducta, ya que nos orienta a actuar de manera coherente con las normas y valores del grupo.

Encuentro social de un grupo de amigos
Por lo tanto, la regulación de la conducta individual está dada por la cultura y, como la cultura es compartida por todo el grupo porque es un resultado evolutivo que se ha generado a partir de las prácticas cotidianas, resulta que, en cada interacción social, las personas adecúan sus comportamientos a lo que los demás esperan según esas pautas culturales establecidas. Quien no ajusta su conducta a estas expectativas suele experimentar rechazo, por lo que no obtiene gratificación, sino lo contrario: decepción. Las orientaciones motivacionales tienden, por lo tanto, a alinearse con las orientaciones de valor porque lo más gratificante para todos es actuar de acuerdo con lo que los demás esperan y así evitar el rechazo. Esta alineación entre el individuo, la sociedad y la cultura es el modo en que Parsons explica la integración social.