3. Procesos de socialización

3.1. Socialización primaria

La socialización, para Berger y Luckmann, tiene dos etapas: una que comienza con el nacimiento, se desarrolla en el seno de la familia o grupo primario de pertenencia y dura aproximadamente hasta los tres años, cuando ya estamos aptos para interactuar con otros grupos. Esta es la socialización primaria. Y una segunda etapa, que dura el resto de nuestra vida, que es la socialización secundaria.

La socialización primaria se lleva a cabo a través de vínculos afectivos entre ese ser humano que está creciendo y quienes lo cuidan. En esta situación, ese ser humano en desarrollo es totalmente dependiente, en todos los aspectos de su existencia, de los cuidados y protecciones de las personas, en general adultos, con quienes convive. Por supuesto que, en la gran mayoría de los casos, esas personas son, en primer lugar, la madre, luego el padre y el resto de los familiares, aunque esto no es imprescindible, ya que cualquier otra persona puede cumplir con esas funciones. Son los que los autores denominan los “otros significantes”. En estas condiciones, el niño o la niña tienden a identificarse con el modo de comportarse de esas personas, que son lo más importante para su existencia.

Además, en esa primera infancia, todo vínculo con el mundo exterior se da a través de este grupo primario. Por lo tanto, el modo en que esos adultos se comportan en el mundo se presenta ante el niño o niña como el único modo posible, como “la” realidad. Al principio aprendemos el idioma tal como se habla en casa y repetimos gestos y formas de actuar de quienes nos rodean. La realidad que le presentan en su actuar cotidiano los otros significantes es la única realidad para el niño o la niña. Aprehende —es decir, hace propios, incorpora— los roles de los demás y, de ese modo, aprehende también su rol como niño o niña en esa familia o grupo. Tanto los roles de los adultos como los de los niños están configurados por la sociedad. Así, paulatinamente, en este período, los niños van incorporando en su comprensión del mundo la relación entre quiénes son y quiénes son los demás. De este modo, a partir de reflejarse en los otros, construyen su identidad.

Escenas de socialización primaria en una familia

Podríamos decir, entonces, que en definitiva todos somos la interpretación que hacemos de lo que los demás dicen que somos. Pero también esos otros significantes (quienes nos cuidan y proveen) imponen límites a nuestro comportamiento. Nos enseñan a hacer cosas y nos impiden hacer otras, es decir, nos ponen reglas. En un primer momento, tendemos a asociar esas reglas a la persona que nos las impone, algo así como: “Esto no se hace porque tal (mamá, papá, etcétera) no quiere”. Pero cuando las mismas reglas son sostenidas por diferentes personas de nuestro entorno cercano, vamos entendiendo que esas reglas son generales a todos, más allá de los roles que ocupen en la familia o grupo.

El punto de llegada de este proceso de aprendizaje normativo es cuando internalizamos la idea de que hay reglas que deben cumplirse que están más allá de quién las imponga. Por supuesto que, en un niño o niña de aproximadamente tres años, esta internalización no tiene la forma de una comprensión racional o reflexiva. Internalización significa que hacemos propias (las incorporamos dentro de nuestra forma de pensar y actuar) ciertas ideas, valores y normas de la sociedad. Es decir, aprendemos que existen reglas que todos debemos cumplir no solo porque alguien nos lo dice, sino porque las incorporamos y las reconocemos como válidas para todos, más allá del grupo primario. En ese momento, estamos formando nuestra identidad, entendiendo que no solo existen las personas cercanas (como la familia o los amigos más íntimos), sino también una realidad más grande que va más allá de nuestro grupo: la sociedad. Los autores llaman a esto “el otro generalizado”, que representa a todas las personas y normas que forman parte de la comunidad o sociedad en la que vivimos. De este modo, la niña o el niño comienza a percibir que sus acciones deben coordinarse con un conjunto amplio de expectativas y regulaciones sociales que trascienden el ámbito familiar y que constituyen el marco común de convivencia.

Cuando llegamos a comprender y aceptar que esa realidad común existe y que nosotros formamos parte de ella, significa que nuestra socialización primaria ha sido exitosa.