En los años siguientes a la gran depresión de 1873, las principales potencias europeas, Estados Unidos y Japón, llevaron a cabo un proceso de expansión colonialista sobre África y Asia. Ello implicó el control económico y político de dichos Estados (las metrópolis) sobre los territorios denominados (las colonias). El imperio británico fue el más amplio, extendiéndose por vastas regiones del globo, y luego seguían Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Alemania, Japón y Estados Unidos. A las colonias formales se añadían las colonias informales (dominación sólo económica). A este fenómeno se lo conoce como el Imperialismo.

Fuente: Atlas de historia crítica y comparada. Una visión heterodoxa desde la Revolución Industrial hasta hoy, Benoít Bréville y Dominique Vidal (comp.), Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital Intelectual, 2016.
Si bien las potencias europeas ya ejercían cierto control de las costas africanas y asiáticas (a través del comercio y del sistema de factorías), hacia 1880 se emprendió la conquista de los territorios internos, ejerciendo una dominación total sobre los territorios coloniales. Todo este proceso implicó una gran violencia y represión sobre la población nativa de las colonias. A su vez, el “reparto del mundo” generó una división internacional de trabajo, rivalidades y competencias entre las diferentes potencias, como veremos más adelante. En la siguiente imagen, podemos advertir cómo los representantes de diversas naciones se reparten el globo (como si fuera una torta), mientras que uno de ellos (Alemania), es impedido para apropiarse de su parte (aludiendo a la tardía apropiación de colonias por parte de Alemania).

Fuente: Wikipedia
Existen diversas interpretaciones por parte de los historiadores, como también analistas de la época. Por un lado, algunos trabajos ponderan la prevalencia de los objetivos políticos y militares para explicar la expansión imperialista de Europa, por ejemplo, la búsqueda del control de zonas estratégicas, o bien, objetivos de tipo ideológicos: exaltar un orgullo imperial en sus naciones, para, entre otros motivos, reducir los conflictos sociales internos. Así, la expansión industrial y de los Estados era considerada una demostración de la fuerza de la nación. En este sentido, el nacionalismo fue uno de los argumentos de la expansión imperialista: la misma estimulaba un sentimiento de superioridad étnica (por sobre los pueblos sometidos), y era vista como una misión civilizadora sobre los pueblos considerados "atrasados". El capitalismo era concebido, entonces, como símbolo del progreso y de la civilización. Los/as invitamos a leer el siguiente fragmento del secretario de Asuntos Coloniales de Gran Bretaña, en el cual se advierten algunas de estas cuestiones:

Por último, con respecto a las interpretaciones sobre el imperialismo, es importante destacar que aquellas que ponderan las motivaciones económicas de las potencias, o bien, las razones de índole político-ideológico colocan la mirada en Europa, es decir, parten de las decisiones y motivaciones de las potencias para explicar la expansión imperial. En contraposición con dicha postura, algunos trabajos consideran sumamente importante hacer hincapié en el rol de los grupos locales de las colonias, y en el colaboracionismo de las élites nativas de África y Asia con los funcionarios imperiales europeos, para entender cómo se produjo la dominación colonial.