4. Los fascismos en Europa

4.2. Alemania: el ascenso del Hitler

Para comprender el ascenso de Hitler en Alemania es necesario remitir, una vez más, al legado de la Primera Guerra. En noviembre de 1918, tras la disolución del Imperio alemán, los levantamientos revolucionarios ya señalados y la abdicación de Guillermo II, se proclamó la República de Weimar (1918-1933): una experiencia basada en un sistema constitucional y principios democráticos que fue cuestionada desde sus inicios tanto por los sectores de izquierda más radical como de derecha. La coalición que conformó esta República en los primeros años estuvo representada mayoritariamente por la socialdemocracia, la cual irá perdiendo fuerza hasta ser desplazada por el nacionalismo más conservador.

En julio de 1919 se aprobó una nueva Constitución que establecía una República Federal asentada en la autoridad del presidente, un canciller y un sistema bicameral; una ley electoral proporcional que permitía el acceso al poder a fuerzas políticas minoritarias; el voto universal para varones y mujeres. Asimismo, fijaba también ciertos derechos políticos y sociales, como la libertad ilimitada de asociación, la reducción de la jornada laboral, el reconocimiento legal de los sindicatos, el acceso a un sistema de seguros de salud y desempleo, entre otros. No obstante, en el marco de estos fundamentos de avanzada, también se instituía un artículo -el artículo 48- que abría la posibilidad de gobernar de manera extraordinaria por decreto; algo que se convirtió en moneda corriente hacia 1930 y es interpretado por muchos historiadores como la antesala de la escalada autoritaria que se consolidaría con el nazismo.

En consonancia con los vientos de cambio que promovía la República se vivió un clima de gran efervescencia política y cultural expresada por medio de la profusa publicación de periódicos, revistas culturales, folletos, libros, la presencia de clubes y manifestaciones, la proyección de películas y el auge del teatro impulsado por el movimiento de las vanguardias de entreguerras. Incluso la diversidad sexual ganó visibilidad, y una de las primeras mujeres trans del mundo en realizarse una operación de reasignación de sexo  -Dora Richter- fue alemana. Lamentablemente, tanto los registros de su operación como ella misma desaparecieron tras un ataque nazi. Este es el momento de esplendor del expresionismo alemán, del teatro del dramaturgo Bertolt Brecht, la Bauhaus, entre diversas manifestaciones artísticas. Todos elementos que reflejan, a su vez, el avance de los medios masivos de comunicación y la consolidación de la política como fenómeno de masas. Sin embargo, la violencia que se instaló también desde un primer momento en una sociedad que continuaba siendo profundamente tradicional cercenó gradualmente la libertad de expresión. Vale destacar que, ya instalado Hitler en el poder, muchas obras visuales de este período fueron censuras al ser consideradas “arte degenerado”, lo que nos lleva a recordar también la quema de libros de autores que no comulgaban con la ideología nazi.

Pero, volviendo a este período, los problemas económicos y sociales tampoco favorecieron la  consolidación de la república. Pues, de la mano del pago de las reparaciones de la guerra, el cese de las mismas y la ocupación de la cuenca minera del Ruhr, se desató un proceso inflacionario que dio origen a la hiperinflación de 1923. Testimonios de la época ilustran la pérdida vertiginosa de valor que sufría el dinero, como se puede observar en aquellas imágenes en donde se arrastraban carretillas colmadas de billetes para comprar pan, o bien su utilización para fines domésticos (quemarlos para encender fuego) y lúdicos, empleados en los juegos infantiles.

Foto 1: Hombre transportando dinero en una carretilla.
Foto 2: Alemania, 1923: niños haciendo castillos de papel con fajos de billetes.
Foto 3: Niños alemanes construyen un barrilete hecho de billetes.
Foto 4: Alemania, 1923: un ama de casa cocina con billetes de marcos.
Foto 5: Una mujer alemana quemando billetes de papel durante la hiperinflación de la moneda alemana.

En este contexto, el Partido Nacionalsocialista (NSDAP), posteriormente devenido en el Partido Nazi llevó a cabo un intento frustrado de golpe de Estado (similar a la Marcha sobre Roma, de Mussolini), luego del cual Hitler fue encarcelado y, estando en prisión, escribió su obra Mi lucha. Este hecho, aunque fracasó, era otra prueba de la fragilidad de la República de Weimar.

El colapso económico dio paso a una nueva coalición dominada por la derecha que reavivó el revanchismo de la posguerra manifiesto en la idea, ya mencionada, de “la puñalada por la espalda”; pues, para esta fuerza política, Alemania no había sido derrotada en el campo de batalla sino traicionada por los socialdemócratas y los judíos que habían aceptado firmar una paz “humillante”. Y, frente a los conflictos internos, al tiempo que se debilitaba la República este nacionalismo extremo funcionaba como medio de cohesión social en un contexto crítico. Es así como en este contexto ganó terreno el Partido Nacionalsocialista (NSDAP). Más allá de la paulatina estabilidad lograda a nivel económico, el descontento prevaleció y se hizo escuchar por medio de grupos paramilitares, como las SS o las SA, que contribuyeron con sus acciones a consolidar a la derecha en un nuevo contexto crítico: el de la Gran Depresión de 1930.

En cuanto los préstamos norteamericanos que llegaban a Alemania a través del Plan Dawes se suspendieron por motivo del crack del 29, las dificultades económicas se hicieron sentir; la recesión comercial y la crisis agraria  no tardaron en repercutir en los sectores más desfavorecidos que acrecentaron los índices de desocupación. Este nuevo escenario marcó el ocaso de la República, pues Paul Von Hindenburg (presidente de la República desde 1925 y considerado un fiel representante del militarismo prusiano) apeló al artículo 48 de la Constitución para gobernar por decreto. De esta manera, se constituyó un gobierno semiautoritario, respaldado por el ejército. 

La miseria y la desocupación fue un terreno fértil para el crecimiento de descontentos y los temores de las clases medias, de los jóvenes y de todo aquel que sintiera insegura la estabilidad de su trabajo. Adolf Hitler (quien luego de la experiencia fallida de golpe de estado de 1923, optó por seguir la vía electoral) aprovechó este clima de inestabilidad política para hacer uso de su capacidad oratoria a fin de atraer y movilizar a las masas por medio de una profusa propaganda política, que prometía terminar con las amenazas del orden social alemán: el peligro de una revolución socialista y de una democracia débil. En esta espectacular imagen podemos advertir a un grupo de berlineses contemplando un afiche de campaña nazi, que dice: “Hitler, nuestra última esperanza”.

Berlineses contemplando propaganda nazi
Fuente: La Segunda Guerra Mundial. Los nazis, España, Ediciones Folio, S.A., 2008    

En enero de 1933 el Presidente Hildenburg nombró a Hitler como canciller. De inmediato, fueron disueltos todos los partidos políticos, desde los comunistas hasta los nacionalistas, con la excepción del Partido Nacionalsocialista, que en julio se convirtió en el “partido único” legal. En las elecciones de noviembre de 1933 los nacionalsocialistas obtuvieron el 93,2 % de los votos y, tras la muerte de Hindenburg (2/8/1934), el líder nazi logró reunir en su persona tanto el cargo de canciller como el de presidente. De esta manera, se inició la construcción del Tercer Reich, un régimen más totalitario que su par italiano (recordemos que, en Italia, Mussolini gobernó junto con dos grandes instituciones vigentes en la Italia fascista: el Rey y el Papa, con la gran influencia que ejerció esta última en la educación primaria). En el caso de Alemania, no existió otro poder que rivalizara con el del Führer durante el régimen nazi. 

Entonces, a modo de balance, podemos afirmar que el intento de instaurar un proyecto democrático con la proclamación de la República de Weimar fracasó, pues a pesar de la efervescencia política y cultural, no logró legitimarse en el poder por medio de un apoyo real. De allí, se suele hablar de “una República sin republicanos”, una noción que explica la imposibilidad de construir demócratas convencidos y el ascenso nazi. 

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Hitler en el poder

Una vez elegido Hitler como canciller se realiza una marcha en donde es ovacionado no sólo por las SA y las SS sino también por una infinidad de civiles que expresa el triunfo de un nuevo nacionalismo que tenía por objeto establecer un estado racial y armado que daría lugar a una nueva Alemania. A partir de la fusión entre el Estado y el partido nazi, Hitler pregonó que la lucha de clases había finalizado mientras impulsaba un sistema corporativo similar al del fascismo italiano. Es decir, un sistema que conciliaba las divergencias entre los trabajadores y los empresarios. Lo llamativo fue la adhesión de los sectores populares hacia Hitler, a quien aclamaban como “nuestro líder”, convertido en Führer de todos los alemanes. Ahora bien, ¿cómo logró esa aceptación? 

Por un lado, esto se debe a que Hitler exaltaba un nacionalismo popular, que buscaba representar al electorado en tanto alemanes productores, trabajadores, otorgando a cada uno un lugar relevante en la Nación. No lo inspiraba un nacionalismo elitista, ligado a la vieja nobleza, al imperio y la gloria del Emperador (como el Partido Nacional del Pueblo Alemán y el Partido Popular Alemán), sino que le hablaba al pueblo, al volk alemán. Esto lo distinguía del resto de los partidos, por ejemplo, el Partido Comunista Alemán o la Socialdemocracia alemana, que enfatizaban la identidad de clase (el ser trabajador y, socialista o comunista) por sobre la identidad nacional. Por otro lado, es fundamental considerar que el poder del nazismo se fortaleció además por medio de una “sacralización de la política”. ¿Qué significa esto? Que bajo los fascismos se establece una relación íntima entre la religión y la política - “religión cívica”- en tanto se toman elementos y formas religiosas para ser aplicadas al ámbito secular. Dicho de otro modo, por medio de mitos, símbolos, liturgias y monumentos concebidos como auténticos “espacios sacros” se celebraba el culto a la nación alemana con la participación directa del pueblo. En este despliegue ceremonial, el Partido Único del Estado dictatorial (y no el Parlamento) actuaba como mediador entre el gobierno y los gobernados. Asimismo, cabe señalar que, la función litúrgica de los discursos en los fascismos trasladaba la importancia al entorno y a las ceremonias más que al contenido. En efecto, la puesta en escena y dramatización que se llevaba a cabo en cada cortejo, y que seguramente habrán visto en innumerables películas, era impactante y tenía como objetivo despertar la emoción de sus participantes. El ministro de propaganda Joseph Goebbels fue fundamental en la organización de estos cultos. Asimismo, la utilización de la radio y el cine, en tanto medios masivos de comunicación fueron centrales en la difusión de las ideas nazis que se pueden apreciar, por ejemplo en cintas como ”El triunfo de la voluntad".

Desfile

Fuente: Historia del Siglo XX. Time. Los fascismos, Buenos Aires, Arte Gráfico Editorial Argentina, 2013

Les dejamos un fragmento de la película “Una jornada particular” (Scola, 1977) que incluye imágenes documentales de la visita de Hitler a Roma, en mayo de 1938. Allí podrán apreciar el imponente desfile fascista en honor al líder nazi que realiza el régimen de Mussolini y la ceremonia al "soldado desconocido" en el monumento conocido como "Il Vittoriano". 

En relación con lo dicho, Hitler continuó potenciando su carisma. Estudiaba sus gestos, evaluando de qué manera dar énfasis a sus palabras y mejorar su oratoria. Las siguientes imágenes permiten apreciar dicha preparación, cómo se fotografiaba para luego estudiar cada imagen, a fin de obtener la postura exacta que produjera el efecto que buscaba provocar en la audiencia que participaba de las celebraciones mencionadas.
Tomas fotográficas

Fuente: La Segunda Guerra Mundial. El preludio de la guerra, España, Ediciones Folio, S.A., 2008

Esa gestualidad recibió también una gran cantidad de críticas por parte de la oposición, como dejaron testimonio una gran cantidad de caricaturas de Hitler o el célebre film de Charles Chaplin, El gran dictador (1940). Les dejamos un fragmento en el cual se puede ver una sátira de la manera en la cual Hitler se dirigía a las masas durante sus discursos (algo impresionante, si pensamos que la película fue contemporánea a Hitler, es decir, se filmó en Estados Unidos mientras el poder del régimen nazi estaba en pleno apogeo).

En otro plano, Hitler desarrolló una política de intervención para reactivar la economía y paliar el desempleo. De esta manera uno de los objetivos principales fue mantener un salario satisfactorio para los trabajadores e impulsar un plan de obras públicas. Al mismo tiempo se fomentó la inversión para el rearme militar, pues de inmediato el régimen nazi desconoció los acuerdo de Versalles.

Por último, es importante destacar que el nazismo llevó adelante una política de segregación racial hacia la población judía, que evolucionaría hasta la creación de los campos de concentración y exterminio, a partir de 1939, tema que desarrollaremos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Pero, ya en 1935, fueron proclamadas las Leyes raciales, que le quitaban la ciudadanía alemana a la población judía, es decir, los privaba de derechos políticos, civiles, económicos. Se prohibieron los casamientos entre judíos y no judíos y la población semita, es decir, judía, no podía vincularse en ningún ámbito (en los comercios, en el transporte, en las escuelas), con el resto de la población alemana.

Para cerrar, vale señalar que más allá de la concentración conseguida por Hitler y de su objetivo que se exacerbó con la Segunda Guerra Mundial (el resurgimiento de Alemania como fuerza dominante del continente europeo y del mundo por medio de una guerra que garantizaría el reordenamiento racial de la Europa central y del Este), actualmente los historiadores sostienen que el Tercer Reich no fue una dictadura estática ni monolítica, sino que por el contrario fue dinámica y cambiante frente a una serie de tensiones, por ejemplo, frente a los cuestionamientos realizado por sectores del Ejército o los fracasos bélicos durante la guerra. Al igual que en Italia y que en la URSS bajo el estalismo, la idea de que un Estado fuerte requería un ejército grande y de que el orden social se sostenía sobre la base de la célula social básica (la familia) estos regímenes avanzaron con políticas familiaristas y natalistas que procuraron reforzar roles de género tradicionales -atando a las mujeres al cuidado del hogar y los niños- y promover el crecimiento poblacional sobre la base de propagandas y recompensas simbólicas a las mujeres que más hijos dieran al Estado.

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¿Sabías que surgió un movimiento antifascista internacional para resistir al fascismo?

Hacia 1935, desde la Internacional Comunista se proclamaba la necesidad de constituir Frentes Únicos y Populares para enfrentar no sólo a Mussolini y a Hitler sino también a cualquier posible nuevo representante del fascismo. Esta consigna, que se potenció al considerar al fascismo como un enemigo de la inteligencia y la cultura, operó como un aglutinador para la movilización de militantes, intelectuales y artistas que se organizaron en una serie de agrupaciones antifascistas. Argentina, que en 1930 había sufrido el primer golpe de estado cívico militar y atravesaba un período represivo, se hizo eco del llamamiento como se evidencia en asociaciones como la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores o Acción Argentina, y en un conjunto amplio de publicaciones. 

Fuente: Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI)