Con la muerte de V. I. Lenin, ocurrida en enero de 1924, se produjeron una serie de disputas en la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que dieron paso a una nueva etapa conocida como “estalinismo”, pues Iósif Stalin (secretario del Partido Comunista) será una figura clave para comprenderla. Si bien en el período previo ya se advertía cierto clima de autoritarismo creciente, los cambios que se produjeron desde mediados de la década de 1920 nos permiten pensar en un fenómeno nuevo bajo el poder de Stalin. Dejando definitivamente atrás la bandera internacionalista, se impuso la ideología nacionalista y una cultura conservadora (se exaltó el modelo familiar tradicional, se obstaculizó el divorcio, se proscribió el aborto y la homosexualidad fue considerada un delito), el culto a la personalidad, resurgió el antisemitismo y se olvidaron las ideas a favor de los trabajadores y las mujeres.
Muchos líderes de la revolución, como León Trotski, entre otros, y muchas de las medidas que se habían tomado en los inicios de este proceso fueron revocadas, lo que marcó una profunda discontinuidad en relación a la utopía revolucionaria que sobrevolaban los primeros años de la Revolución Rusa.
Esa concentración del poder en torno a la figura de Stalin se puede observar en la profusa cantidad de afiches que lo representaban como el gran líder y padre de la URSS.

Aleksandr Gerasimov, Stalin en el VXI Congreso del Partido Comunista Ruso, 1929-1930. Óleo sobre tela.
Fuente: Fer, Briony, David Batchelor y Paul Wood, Realismo, racionalismo, surrealismo. El arte de entreguerras (1914-1945), Madrid, Akal, 1999, p. 326.
Al mismo tiempo, podemos observar que en dicho período se erigieron una serie de pinturas y monumentos de factura clásica, cuyo predominio es el realismo, en contraposición a los proyectos abstractos y la agitación que habían desplegado las vanguardias rusas en los primeros años de la revolución. ¿Vemos un ejemplo comparativo? En la primera imagen de Gustav Klutsis se aprecia un fotomontaje que retrata a Lenin a partir de un juego de montajes que poseen influencias del suprematismo y del diseño industrial fomentado por las vanguardias; en cambio, en la segunda imagen, vemos una pintura monumental de Brodsky, que retrata al mismo líder bolchevique, pero a partir de un lenguaje claro y realista que excluye cualquier tipo de interpretación delineada por el espectador.

Gustav Klutsis, La electrificación de todo el país, 1920. Fotomontaje, 46 x 31 cm. Colección Costakis.
Fuente: Fer, Briony, David Batchelor y Paul Wood, Realismo, racionalismo, surrealismo. El arte de entreguerras (1914-1945), Madrid, Akal, 1999, p. 284.

Isaak Brodsky, Lenin en Smolny, 1930. Óleo sobre tela, 190 x 287 cm. Galería Tretyakov, Moscú. Fuente: Fer, Briony, David Batchelor y Paul Wood, Realismo, racionalismo, surrealismo. El arte de entreguerras (1914-1945), Madrid, Akal, 1999, p. 286.
Hacia fines de la década de 1920, Stalin se propuso terminar con el contexto crítico que padecía la URSS y apresurar la modernización por medio de una articulación entre el campo y la ciudad que asegurase una producción agrícola satisfactoria para abastecer a los centros urbanos y las fábricas. Con tal fin, se puso en marcha el Primer Plan Quinquenal (1928-1933), cuyo objetivo era llevar a cabo un proceso de colectivización agrícola forzada e industrialización acelera da por medio de una planificación centralizada y el control estatal de la economía. Era necesario mejorar radicalmente la infraestructura y el transporte y para ello se priorizó la industria mecánica, minera, siderúrgica y eléctrica. Esta “revolución desde arriba” debía desplazar definitivamente a la NEP, es decir, había que terminar con todo rastro de una economía de mercado capitalista. Luego de esta primera etapa se emprendió una segunda etapa: el Segundo Plan Quinquenal (1933 y 1937) de similares características. Entre los objetivos de dichos planes se contemplaba el rearme militar de la Unión Soviética, aislada de las naciones capitalistas y amenazada por la militarización de Alemania.

Vera Mukhina, El obrero y la campesina colectivista, 1937. Escultura de bronce, altura ca. 12 m., realizada para el Pabellón de la URSS, Exposición Universal, París, 1937.
Fuente: Fer, Briony, David Batchelor y Paul Wood, Realismo, racionalismo, surrealismo. El arte de entreguerras (1914-1945), Madrid, Akal, 1999, p. 266.
Hasta aquí, debemos tener en cuenta que esta política económica no sólo pretendía alcanzar el desarrollo económico de Occidente sino superarlo. Con ese objetivo se utilizaron recursos propios del capitalismo, como la línea de montaje para la fabricación de automóviles y tractores, pero también otros métodos como el stajanovismo.
Una estrategia que se aplicó para estimular la producción a partir de una propaganda política que demandaba solidaridad patriótica, sacrificios y un gran esfuerzo hacia la industrialización al tiempo que se concedían premios para estimular el trabajo de los obreros. El stajanovismo debe su nombre al minero Alexéi Stajánov quien, en 1935, logró un récord de producción por medio de la extracción de 102 toneladas de carbón en 5 hs. y 45 minutos de trabajo, lo que equivale a extraer siete veces más carbón del esperado. De allí, se confeccionaron infinidad de afiches que promovían imitar tal proeza. Les dejamos un ejemplo de uno de ellos:

Fuente: Historia universal: Primera y Segunda Guerra Mundial. Bs. As., Arte Gráfico - AGEA, 2005, p. 59.
En simultáneo con el proceso de industrialización acelerada se realizaron campañas intensivas de educación superior para obreros y comunistas, en donde se promovió, sobre todo, la ingeniería.
Hacia mediados de la década de 1930 el gobierno soviético sostenía que se había cambiado “exitosamente” el modo de producción. No obstante, es importante destacar que la violencia formó parte de esta nueva política económica que incluyó la coerción a los campesinos; se sistematizó una persecución hacia los kulaks (campesinos enriquecidos devenidos en “enemigos del pueblo”), quienes sufrieron la confiscación de sus propiedades, arrestos, deportaciones o fueron enviados al gulag (acrónimo para denominar a la Dirección General de Campos de Trabajo). Asimismo, frente a las oposiciones que surgieron en la propia dirección del partido contra la colectivización forzada y la industrialización acelerada se desplegó una escalada represiva. Tras un discurso que consolidaba la idea de la multiplicación de conspiradores, a todo aquel que se opusiera o resistiera a las políticas económicas se los acusaba de traición y se los castigaba con penas que iban desde arrestos en masa, juicios públicos contra los “saboteadores”, torturas y fusilamientos. A esta fase se la conoce como la de “el gran terror” o “grandes purgas”. Muchos políticos, intelectuales y artistas que habían tenido un papel relevante en el período de Lenin murieron o se exiliaron durante los años del estalinismo; otros, bajo el miedo, supeditaron sus ideas u obras para sobrevivir.
En consonancia con este clima represivo, el papel de la prensa fue sesgado por medio de la censura que era aplicada a todo medio que se expresara en contra del gobierno. Entonces, ¿por qué es importante estudiar la Revolución Rusa? Porque más allá de la modernización alcanzada, luego de lo estudiado y entre tantas otras cuestiones nos permite reflexionar sobre la polarización que la Revolución Rusa despertó entre sus defensores y detractores según se contemplen múltiples variables. A su vez, como veremos, posibilita comprender el período de la “Guerra Fría”.