El antagonismo que marcó la historia internacional del siglo XX es posible de ser rastreado en el marco de la Segunda Guerra, en donde ya se percibieron ciertas rivalidades que acabarían por ser irreconciliables. A partir del establecimiento de la Gran Alianza entre Roosevelt y Stalin, en 1941 -forjada por intereses estrictamente estratégicos- se generaron una serie de desencuentros al discutir las diferentes tácticas para aniquilar al enemigo común: la Alemania nazi. Estas fricciones se fueron profundizando, sobre todo, en tres conferencias que tuvieron como principal objetivo consensuar por medio de la diplomacia los términos de paz que deberían imponerse a dicha nación una vez concluida la guerra.
En la Conferencia de Teherán (noviembre de 1943) sentaron sus posiciones los “tres grandes”, Roosevelt, Churchill y Stalin. Para la URSS que había sido invadida por los nazis prevalecía el recelo de otro posible ataque; en este sentido, y con el propósito de impedir el desarrollo industrial y militar y de tener un control absoluto sobre Alemania, exigía el pago de elevadas reparaciones de guerra y el desmembramiento de su territorio, lo que ayudaría a la vez a su propia recuperación. La otra alternativa que orbitaba era la necesidad de colaborar con esta nación como premisa para asegurar la reconstrucción de Europa. Si bien no se tomó una decisión al respecto, las tensiones no tardaron en surgir frente a otro problema: el dominio que tenía la Unión Soviética sobre Europa Oriental, en tanto para mantener la alianza Roosevelt y Churchill –defensores de la autodeterminación libre y democrática- se vieron impelidos a aceptar la injerencia de Stalin sobre aquella zona a pesar de la desconfianza. Posteriormente, en la Conferencia de Yalta (febrero de 1945) la fricción se hizo latente en relación con la situación de Polonia dividida entre dos gobiernos, uno dominado por los soviéticos y otro por los nacionalistas polacos. A fin de asegurar la cooperación y finalizar la Segunda Guerra Mundial, los “tres grandes” negociaron una vez más al aceptar reconocer el gobierno apoyado por la URSS a condición de que se realizaran elecciones libres. También en esta reunión se decidió organizar las Naciones Unidas (ONU): una organización que garantizara la paz y la seguridad por medio de una cooperación internacional para solucionar problemas globales.
Sin embargo, en la Conferencia de Postdam (julio de 1945), con la presencia de Harry Truman en reemplazo de Roosevelt (fallecido recientemente) resurgieron y se profundizaron las rivalidades al momento de legitimar las reconfiguraciones territoriales, sobre todo, la de Alemania luego de su rendición .

Principales líderes del Pacto: Sentados, de izquierda a derecha, el dirigente soviético Stalin, el presidente norteamericano Harry Truman y el Primer Ministro inglés Clement Attlee. Fuente: Maestros de la Fotografía, Buenos Aires, Estudi CASES, 2008
En esta oportunidad, la posición de Estados Unidos no dejaba lugar a dudas, Alemania debía fortalecerse económicamente para garantizar la recuperación de Europa Occidental. La envergadura de las disidencias entre las potencias vencedoras quedó expresada en la división que se trazó sobre Alemania entre Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética y la partición de Berlín, las cuales derivaron, años más tarde en la constitución de la República Federal de Alemania (Alemania Occidental) y República Democrática de Alemania (Alemania Oriental). El muro que se levantó en Berlín, en 1961, y como veremos el impacto que suscitó a escala mundial, se erigió como una fiel expresión de esa confrontación irreconciliable entre dos esferas de influencia o zonas de seguridad: la occidental capitalista, liderada por Estados Unidos y la oriental socialista, liderada por la Unión Soviética.
Por último, cabe señalar que en este encuentro fue cuando se acordó juzgar las atrocidades cometidas por el nazismo creándose el tribunal de Nüremberg.