Durante la década del ‘70 el mundo vivió una crisis económica que echó por tierra el paradigma keynesiano dominante luego de la Segunda Guerra Mundial. A los problemas que arrastraba el sistema monetario internacional y el agotamiento del modelo industrial fordista, en 1973 se sumó la decisión de los países nucleados en la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), entre los cuales se encuentran Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela, de elevar el precio del petróleo. Esto fue en respuesta a la guerra de Yom Kipur librada entre, por un lado, una coalición liderada por Egipto y Siria y, por otro, Israel. Como consecuencia, se produjo un proceso inflacionario acompañado de estancamiento económico denominado “estanflación”. Se puso de manifiesto el agotamiento de la expansión económica de la Segunda Posguerra y se abrió paso a políticas que algunos autores denominan neoliberales. Ellas se analizarán en el Bloque 5.
Estos años estuvieron signados por un nuevo escenario en el que, bajo la administración de Jimmy Carter, y aún más con la de Ronald Reagan, se endurecieron las medidas establecidas por los Estados Unidos hacia la Unión Soviética, calificada ahora como el “imperio del mal” y hacia aquellos países posibles de adoptar las ideas comunistas, los llamados países del Tercer Mundo. Esta política agresiva se vio reflejada en el aumento del gasto militar que Reagan, en acuerdo con ciertos sectores industriales, destinó a la producción de armamentos y, sobre todo, con lo que popularmente se conoció como “la guerra de las galaxias”; un proyecto de defensa estratégica que proponía un desarrollo tecnológico que asegurase de forma absoluta cualquier amenaza soviética. ¿De qué manera se lograría esto? El plan procuraba establecer un escudo antimisiles para proteger a los norteamericanos ante un posible ataque soviético por medio de proyectiles nucleares. Para ello, se utilizarían también rayos láser proyectados desde satélites espaciales. El objetivo era claro: mostrar una superioridad tecnológica inapelable. Si bien este proyecto nunca se concretó, el impacto que tuvo en la opinión pública y política fue mayúsculo.
Un reconocido historiador, E. P. Thompson formó parte del movimiento pacifista en contra de “la guerra de las galaxias”. En este sentido, se dedicó a investigar, escribir y dictar conferencias sobre este tema del cual conoció detalles técnicos, tecnológicos, gastos y conexiones corporativas que formaban parte de este plan. Thompson publicó un libro detallado en el que crítica esta política desarrollada por Estados Unidos en la Segunda Guerra Fría.

No sólo los norteamericanos avanzaron hacía un discurso más intransigente con el enemigo soviético. Los soviéticos, que vivían una prolongada crisis política, económica y social interna (debido a las limitaciones del deshielo y a la incapacidad de renovar el sistema de planificación centralizada) también utilizaron la retórica de la guerra Fría para aplacar la disidencia interna, sostener y ampliar su esfera de influencia. Un ejemplo de esto fue la decisión de invadir Afganistán en 1979. Esta decisión, según el gobierno de Moscú, fue tomada en respuesta al pedido del gobierno de la República Democrática Afgana que enfrentaba la insurgencia de los muyahidines (fundamentalistas islámicos) apoyados por Estados Unidos y otras potencias occidentales. Como podemos ver, durante este período el Oriente Medio se convirtió en una de las zonas calientes de la Guerra Fría.
En la siguiente foto se lo puede ver en una manifestación pacifista de 1980.

Fuente: Foto de Nueva Sociedad, n° 265, septiembre- octubre 2016, s/p. Disponible en: https://nuso.org/articulo/la-politica-de-la-historia-desde-abajo/
No obstante la escalada de un discurso virulento que parecía remitir a la “Primera Guerra Fría”, en este período no se interrumpió la comunicación entre las potencias enfrentadas y a partir de 1985, las nuevas figuras que aparecieron en la escena modificaron el rumbo de la Guerra Fría. El desplazamiento de Leonid Brézhnev al nuevo secretario del Partido Comunista Mijaíl Gorbachov marcó la decisión de llevar a cabo una reforma interna que implicaba sostener la distensión en política exterior.