

Fuente: Joaquín Salvador Lavado (Quino), Toda Mafalda, Buenos Aires, Compañía Gráfica Internacional S.A., 2003
Luego de la crisis de los misiles cubanos se abrió una nueva etapa de la Guerra Fría. En este período se destaca el reconocimiento de la situación tal y como estaba planteada hasta el momento, lo que permitió iniciar una coexistencia “pacífica” y entablar una serie de negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, aunque no faltaron momentos de suma tensión. Desde el periodismo se habló de la habilitación del “teléfono rojo”, de una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para dirimir los conflictos diplomáticos más urgentes que pudieran surgir.
Sobre todo, esta nueva etapa se caracterizó por llevar a cabo una serie de acuerdos que intentaron poner un límite a la carrera armamentística; más específicamente era necesario limitarse la producción de misiles y prohibir la realización de pruebas nucleares, pacto que se logró por medio de la firma de Acuerdos de SALT (Strategic Arms Limitations Talks) en 1972. La Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea, llevada a cabo en Helsinki en 1975, reflejó cabalmente la necesidad de distensión. Pues, aquí, mientras los estadounidenses e integrantes de la OTAN aceptaban no violar las fronteras europeas, la Unión Soviética se comprometía a marchar sobre la senda de los derechos humanos.
En materia económica, más allá del crecimiento que experimentó la Unión Soviética hasta los años sesenta no alcanzó nunca el poderío del bloque occidental, inclusive, bajo la conducción de Brezhnev en los setenta fueron conocidos como los “años de estancamiento”. A ello, hay que añadir el impacto que tuvo en el plano internacional la primera crisis del petróleo de 1973, que luego de ciertos vaivenes, derivó en una crisis energética hacia los años ochenta.
Asimismo, la distensión refería a la llevada a cabo al interior de cada uno de los bloques. Tras la muerte de Stalin, en 1953, había comenzado bajo el mandato de Nikita Kruschev una etapa conocida como la del “deshielo”, caracterizada por acabar con los campos de concentración establecidos por Stalin. Por su parte, John Fitzgerald Kennedy, también se distinguió de sus predecesores por, sin abandonar sus principios anticomunistas, llevar adelante una política interna que se alejó de la neurosis de los años macartistas.
Sin embargo, como anticipamos no faltaron las tensiones, veamos algunos ejemplos.