La Revolución Industrial: 1750-1830
6. Impacto social de la Revolución Industrial
6.1. La situación de la mujer obrera
En función del impacto que tuvieron los estudios de género a fines del siglo XX, varios trabajos académicos comenzaron a preguntarse sobre la relación que existió entre la Revolución Industrial y la situación de las mujeres. Para comenzar a responder este interrogante, ante todo, es importante recordar que en el período pre-industrial el trabajo de la mujer estaba centrado en el hogar; y si trabajaba por fuera del ámbito privado la mayoría realizaba trabajos temporarios en agricultura o en la manufactura doméstica. Es decir, sus labores formaban parte de lo que se conoce como “economía familiar”: una economía en donde los/as integrantes de la familia contribuían a la manutención de la familia. Teniendo en cuenta esto, y la función de la mujer predominante en aquellos tiempos como esposa y madre (concepción derivada del ideal de clase media, de una sociedad patriarcal y del peso que tenían los discursos cientificistas del siglo XIX), la industrialización y el impacto del trabajo fuera del hogar afectaría la organización tal y como se concebía hasta entonces.
¿De qué modo impactó la industrialización en la vida de las mujeres?
De acuerdo a las distintas variables a considerar, existen posiciones historiográficas que exaltaron los beneficios o los perjuicios que trajo el proceso de industrialización para las mujeres. Por un lado, se destacan aquellas visiones que interpretaron la inserción de la mujer en las fábricas como una liberación de sus tareas domésticas y promoción individual, por el otro, las que consideran que este nuevo tipo de trabajo asalariado y lejos del hogar, además de subsumirlas en un trabajo basado en relaciones de explotación, implicaba la obligación de dejar a sus hijos con nodrizas y descuidar sus casas. Sin embargo, entre esas dos posturas, existen otras que matizan esta polarización de visiones principalmente a partir de dos reparos: primero, no fueron tantas las mujeres que fueron a las fábricas, al menos entre 1760 y 1914; segundo, la economía familiar no estaba exenta de tareas durísimas y monótonas, como hilar, hacer encaje o preparar los telares, o transportar carbón para sus padres o sus maridos.
Entonces, cabe preguntarse, ¿Qué cambios concretos implicaron las nuevas experiencias laborales para las mujeres de la clase trabajadora en comparación con el de los hombres de la misma clase?, ¿Qué influencia tuvo el trabajo de la mujer en su vida y en el de la familia de clase trabajadora?
Para responder estos interrogantes, por supuesto, hay que destacar que existieron muchas variaciones según el grado de urbanización de las diferentes naciones que se fueron industrializando. Por ello, también hay que señalar que la mayoría de los estudios se centran en las mujeres trabajadoras en Inglaterra y Francia durante el siglo XIX y principios del XX.
Las visiones más matizadas, se encargaron por medio de la revisión de un conjunto de fuentes documentales, de mostrar tanto los cambios como las continuidades que significó la industrialización. Veamos algunos ejemplos.
En correspondencia con otros estudios que señalaron la convivencia de la fábrica con industria rural a domicilio, con respecto a las mujeres se demostró que muchas ya trabajan fuera de sus casas, trasladándose a talleres que quedaban a una distancia considerable, como les sucedía a las sombrereras y modistas.
Asimismo, cuando las máquinas de hilar aumentaron su tamaño (Jenny), no fueron las mujeres quienes las manejaron, sino los hombres y sus hijos, lo que implicó en el despido de las mujeres y el apartamiento de éstas de una industria que se la consideraba “femenina”. Y, estas incumbencias no se vieron únicamente reducidas por los cambios técnicos. Los varones organizados en uniones gremiales también vedaron el ingreso de las mujeres en las fábricas por temor a que se vea afectado el sueldo.
En cuanto a las mujeres que sí ingresaron en el ámbito fabril, se ha verificado que de a poco se organizaron y afiliaron en asociaciones gremiales para lograr tanto una mejoría salarial como de las condiciones de trabajo. En efecto, por medio de una serie de demandas se obtuvieron leyes que establecieron inspecciones al interior de las fábricas, la regularización del horario laboral y beneficios asistenciales, entre otras. Estas leyes si bien fueron positivas, no cubrieron derechos vinculados a la maternidad.
En cuanto a la situación de las mujeres trabajadoras y la familia también se revelaron ciertos matices al considerar, sobre todo, algunos prejuicios que se desprendían de la mirada negativa que tenía la sociedad burguesa sobre la clase trabajadora. El análisis exhaustivo de diversos documentos posibilitó observar que el trabajo en el hogar o fuera de este no incidió en la cercanía que las infancias tenían respecto de sus madres, pues, por una cuestión de valores, costumbres y de una marcada jerarquización al interior del hogar, la mayoría de los/as hijos/as sentían una enorme distancia con el “padre de familia”, que impartía más que respeto, miedo. Del mismo modo, puede añadirse que el temor a una profusa vida sexual y una posible extensión de hijos ilegítimos, producto del trabajo fuera de casa, no era una preocupación juzgada por los/as trabajadores/as. Por el contrario, el embarazo prematrimonial podría garantizar un matrimonio.
En consecuencia, estas visiones matizadas lograron desmitificar ciertas imágenes estereotipadas de la vida en la fábrica y del rol de la mujer. No obstante, es posible advertir que por sobre aquellas miradas que exaltaban la obtención de un mayor grado de autonomía de la mujer gracias al proceso de industrialización, sobresalen aspectos más negativos que positivos, pues el progreso técnico no solo abrió muy pocas oportunidades para acceder a trabajos considerados masculinos, sino que en el caso de acceder las mujeres estaban bajo la supervisión masculina, situaciones de abuso laboral devenido en acoso sexual, pésimas condiciones de salubridad.
Para describir cómo eran las condiciones de trabajo de las mujeres y las niñas les proponemos leer el siguiente fragmento:
“En 1832, Elizabeth Bentley, que por entonces tenía 23 años, testificó ante un comité parlamentario inglés sobre su niñez en una fábrica de lino. Había comenzado a la edad de 6 años, trabajando desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde en temporada baja y de cinco de la mañana a nueve de la noche durante los seis meses de mayor actividad en la fábrica. Tenía un descanso de 40 minutos a mediodía, y ese era el único día de la jornada. Trabajaba retirando de la máquina las bobinas llenas y reemplazándolas por otras vacías. Si se quedaba atrás, “era golpeada con una correa” y aseguró que siempre le pegaban a la que terminaba en último lugar. A los diez años la trasladaron al taller de cardado, donde el encargado usaba correas y cadenas para pegar a las niñas con el fin de que estuvieran atentas a su trabajo. Le preguntaron: “¿se llegaba a pegar a las niñas tanto para dejarles marcas en la piel?”. Y ella contestó: “Sí, muchas veces se les hacían marcas negras, pero sus padres no se atrevían a ir al encargado, por miedo a perder su trabajo”. El trabajo en el taller de cardado le descoyuntó los huesos de los brazos y se quedó “considerablemente deformada… a consecuencia de este trabajo”.
Fuente: Bonnni Anderson, Historia de las mujeres: una historia propia, volumen 2, Editorial Crítica, Barcelona, 1991, pp. 287- 288.